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El comunismo, la guerra y la mafia

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La guerra que el régimen comunista soviético libró en Afganistán durante 10 años (1979-1989) ha dejado una macabra herencia en la sociedad rusa. El “síndrome afgano” que padecieron miles de veteranos de esta guerra se manifestó en su profundo odio hacia la sociedad comunista. La acusaban de haberles convertido en asesinos y, tras sentirse utilizados como carne de cañón, los dejó en la calle sin medios para subsistir. Muchos de estos veteranos fueron reclutados posteriormente por las mafias, que también se aprovecharon de ellos.



Nos obliga a recordar todo esto la noticia de la reciente muerte, en circunstancias trágicas y extrañas, de uno de estos veteranos, el coronel Valeri Rádchikov. Su desaparición se ha producido un mes después de que el Tribunal Supremo de Rusia reabriera el caso de un atentado cometido en 1996, en el cementerio “Kotliakóvskoye”, en el que murieron 14 personas y otras 24 resultaron heridas. Rádchikov fue el primer inculpado de este caso y debía ser interrogado próximamente por la Fiscalía General.

La historia comienza en diciembre de 1993, cuando el presidente, Borís Yeltsin, firmó un decreto que otorgaba a las organizaciones de veteranos e inválidos de la guerra de Afganistán el derecho de comerciar con el exterior sin pagar impuestos al Estado con el propósito de “subvencionar sus actividades sociales”. La medida de Yeltsin era una forma de agradecer a los “afganos” su apoyó durante la revuelta popular en octubre del mismo año, cuando los veteranos sustituyeron a los reclutas indecisos en los tanques y tirotearon la sede del parlamento rebelde en Moscú.

Por supuesto, los veteranos e inválidos de Afganistán, con sus miserables pensiones, no tenían recursos para dedicarse al comercio exterior. Tampoco los tenía el Estado. He aquí como apareció la mafia, que sí tenía dinero y ganas de enriquecerse. Los veteranos tuvieron que aceptar su “colaboración”.

El comercio prosperó. El alcohol y los cigarrillos fueron los principales objetos de compra-venta. Los millones de dólares se repartían entre la mafia y algunos de los líderes de los “afganos”. Por supuesto, los militantes de base de las organizaciones de veteranos no recibían ni un duro para sus “actividades sociales”, ni para los inválidos.

En un ambiente de descontento generalizado, crecieron las contradicciones entre los veteranos en una lucha eterna por el control de los fondos. La llevaban a su manera, tal y como les enseñaron en Afganistán. El ajuste de cuentas se tradujo en una práctica habitual. En 1994 murió en un atentado el presidente del Fondo de los Inválidos, el coronel Mihail Lihodey. Dos años después, en noviembre de 1996, se produjo el atentado del cementerio “Kotliakóvskoye” en el que perdieron la vida varios dirigentes de los veteranos, reunidos para conmemorar el aniversario de la muerte de Lihodey.

La fiscalía acusó al coronel Rádchikov y a dos de sus compañeros, también antiguos oficiales soviéticos, de estar detrás de este atentado. Se le acusó también de haberse apropiado, de forma ilegal, de 2,5 millones de dólares (unos 450 millones de pesetas) del fondo de los inválidos. Tras pasar varios años en la cárcel, el coronel y sus compañeros recobraron la libertad por falta de pruebas. Pero el caso ha sido reabierto recientemente debido a las protestas de los familiares de las víctimas del sangriento atentado.

Según los observadores, el lucrativo comercio que siguen realizando las “organizaciones afganas” está aprovechado también por altos funcionarios del Estado compinchados con la mafia. No están nada interesados en que salga a la luz la verdad sobre la muerte de los veteranos. En Rusia se consideran como unas víctimas más de aquella sucia e injusta guerra.

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