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El dinero ruso huye de su país

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El joven y enérgico presidente ruso, Vladímir Putin, recorre el mundo pidiendo créditos para la caótica economía de su país. Propone el “oro y el moro” a los empresarios extranjeros que se atrevan a arriesgar su dinero en las estepas rusas. “Rusia necesita recursos para continuar sus reformas”, reitera el presidente. Y mientras algunos inversores extranjeros, tras largas vacilaciones, se atreven a aceptar las ofertas de Putin, sus colegas rusos, al parecer, hacen todo lo contrario: sacan su dinero del país.

Según el experto estadounidense Mijail Bernshtam, cada año Rusia pierde unos 50.000 millones de dólares o sea unos 9,8 billones de pesetas. Este dinero, procedente en su mayoría de la venta al exterior de materias primas -petróleo, gas natural, madera, etc.– termina en las cuentas bancarias de los paraísos fiscales o en los bancos europeos y estadounidenses. Esto en el mejor de los casos, porque hay datos de que una parte del dinero ruso se invierte directamente en el tráfico internacional de drogas y armas.

Este fenómeno no se explica sólo por las inclinaciones criminales y la falta de patriotismo de los nuevos ricos rusos, sino por la condiciones que reinan en el antiguo imperio comunista.

Por una parte, cualquier inversión en Rusia, sea de capital nacional o extranjero, corre un montón de peligros en las condiciones de “capitalismo salvaje”. Primero, hay una camada de funcionarios corruptos que te vacían los bolsillos antes de darte cualquier permiso o licencia para un negocio nuevo. El sistema fiscal es tan anacrónico que si eres honesto y declaras todos tus beneficios, no te queda ni para papel higiénico. Y, por fin, necesitas pagar a quienes se consideran tu “techo”, o sea: a los extorsionistas mafiosos que te protegen de otras bandas, o a la misma policía que te protege de unos y de otros.

Por otra parte, en estas condiciones cualquier empresario ruso sabe que es culpable de haber violado la ley, en muchas ocasiones, de haber sobornado a algún funcionario, escondido una parte de sus beneficios o pagado a los bandidos para que maten o simplemente adviertan a la competencia –de no hacerlo ya estarías muerto tu mismo-. El empresario sabe que, en cualquier momento, puede ser castigado por la ley, detenido y arruinado. El magnate ruso-israelí, Boris Berezovski, muy próximo al antiguo presidente ruso Yeltsin, declaró recientemente que todos los hombres de negocios rusos pueden ser acusados de haber cometido delitos económicos.

Añadiremos que la procedencia de muchos capitales rusos es dudosa y radica en las privatizaciones del comienzo de los años noventa, cuando las fortunas se hacían en una semana adquiriendo empresas enteras por tres duros a base de ciertas comisiones a favor de los responsables de las privatizaciones. Las voces a favor de revisar los resultados de estas privatizaciones se oyen cada día más altas en Rusia.

Hay también otros factores que obligan a los capitalistas rusos a esconder su dinero en el exterior. En primer lugar, es el odio y el desprecio del pueblo hacia ellos, heredado del régimen comunista. En Rusia prácticamente no existe clase media. Y el abismo entre la minoría rica y la mayoría muy pobre es inmenso. Esta tendencia se refleja en el parlamento ruso, que no se apresura a tomar medidas legislativas en defensa de la propiedad privada. Y por último, hay que recordar que es muy peligroso ser empresario en Rusia. El “techo” no siempre cumple con sus funciones y los hombres de negocios son objeto de constantes atentados por bandas de criminales comunes.

En estas circunstancias el único refugio es un banco extranjero. Un ciudadano ruso tiene derecho de sacar del país cuando viaja al exterior unas 98.000 pesetas. Se pueden sacar casi dos millones más, pero declarando este dinero y con el riesgo de tener serios problemas con el fisco. Los policías de la frontera no están para bromas y, a menudo, registran a los pasajeros con el propósito de quitarles el dinero no declarado. Incluso muchos empresarios se arriesgan a pasar el dinero en las bragas de sus mujeres. Peces más gordos recurren a la ayuda de bancos mafiosos que hacen las transferencias al exterior bajo la cobertura de falsas operaciones comerciales.

Sea como sea, las divisas huyen de Rusia. Y una parte considerable de este dinero llega a España, elegida por muchos nuevos ricos como su segunda residencia. Hoy en día encontramos grandes colonias rusas en toda la costa: desde Gerona hasta Cádiz. En las urbanizaciones lujosas, como el Sotogrande gaditano, viven los más ricos: Boris Berezovski y el multimilionario Vladimir Gusinski, perseguido por el Kremlin. Este último prefiere, para las inversiones, los bancos de Gibraltar.

Pero muchos de sus compatriotas buscan negocios para invertir en España. Ejemplos abundan. Recientemente, dos constructores moscovitas, Vladimir A. y Piotr F., adquirieron en la costa alicantina unas parcelas por valor de 300 millones de pesetas. Están dispuestos a invertir en la construcción otros 980 millones. En la misma zona los rusos ya son proprietarios de restaurantes, complejos residenciales, discotecas, supermercados, hoteles y hasta instalaciones portuarias.

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