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El infierno uniformado

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El recluta, Denís Pértsev, de 18 años, ametralló el pasado día 4 de agosto en la estación férrea de Abakán (Siberia) a cuatro de sus compañeros de armas. Cuando fue detenido, confesó que no pudo aguantar las palizas, humillaciones y otras “novatadas” a las que era sometido. El caso ni siquiera conmovió a la sociedad rusa, ni a los defensores de los derechos humanos. Y es que esta sociedad está ya muy acostumbrada a semejantes “accidentes” en el Ejército. Según las estadísticas oficiales, en los últimos seis meses, murieron en los cuarteles 180 soldados a manos de sus compañeros y se suicidaron otros cien. Estas cifras superan considerablemente lo que ha perdido, últimamente, el Ejército en la guerra de Chechenia.

Para comprender la situación que se ha creado en el último decenio en lo que era el temido Ejército Rojo, hay que partir de la crisis general en el país: política, económica y, especialmente, moral de la sociedad rusa. La mayoría de los oficiales de carrera ha abandonado las filas por razones económicas, ya que sus salarios no dan ni para comprar papel higiénico. Y los que quedan, dedican todo su tiempo a buscar medios para sobrevivir: descargan vagones en las estaciones de tren, construyen casas para los ricos, recogen basura, etc. Así que no tienen ni tiempo, ni interés ninguno, para cumplir con sus deberes en el Ejército.

Mientras tanto, confían “mantener el orden” en los cuarteles a los llamados “abuelos”, soldados que cumplen los últimos seis meses de los dos años del servicio militar obligatorio. Estos tienen sus propios “medios” para inculcar a los reclutas la férrea disciplina militar: obligar a limpiar el inodoro con el cepillo de dientes y las botas del “abuelo” con la lengua son algunas de las inocentadas en el arsenal de “métodos de aprendizaje”. Igual que la obligación al recluta de entregar su comida, su uniforme nuevo y todo el dinero que tiene a los apoderados del cuartel.

Pero lo peor de todo son las palizas diarias a las que están sometidos los jóvenes soldados, a veces por no cumplir una orden tipo: “¡Tráeme, cabrón, la sombra de la luna!”, o sin pretexto ninguno. Así que los hospitales militares siempre están llenos de reclutas con toda clase de lesiones y heridas graves. Muchos quedan inválidos para toda la vida.

Por supuesto, siempre se trata de “accidentes por inexperiencia”, porque los reclutas nunca se quejan, ni pueden quejarse. Saben de sobra que presentar una denuncia equivale a firmar su condena a muerte. Y es que un recluta no tiene ningún derecho en un país donde las novatadas están prácticamente legalizadas y forman parte del sistema de la “preparación moral” del Ejército. Hay hasta generales que las consideran muy útiles. Por eso, no hay motivos para extrañarse cuando nos llegan noticias de las bestialidades cometidas por la tropa en Chechenia.

Lo cierto es que es inútil y peligroso buscar la justicia en el Ejército ruso. Ya que la denuncia tardaría meses en llegar a los tribunales militares, los denunciados tienen suficiente tiempo para acabar diez veces con el recluta. Este último tiene sólo tres opciones: aguantar, sabiendo que él mismo será muy pronto “abuelo” y podrá vengarse maltratando a otros novatos, suicidarse o tomarse la justicia por sus propias manos, como sucedió en Abakán.

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