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El triunfo del KGB

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El padre Stalin puede reposar tranquilo en su tumba de la plaza Roja de Moscú. Su país va por el camino que él trazó y, al parecer, está en las manos seguras de sus fieles seguidores. Estos últimos acaban de demostrarlo con toda claridad. El teniente-coronel del KGB, camarada Vladímir Putin, que trabaja bajo el “techo” (cobertura legal, según el argot KGBista) como presidente de Rusia, cumplió su misión con mucho éxito.

Al parecer, ha merecido la promoción al grado de coronel. Su tarea fue liar, engañar, idiotizar al “enemigo estratégico” al oeste de sus fronteras y penetrar en sus estructuras, tanto militares como económicas. Y para que este “enemigo” sea más fácil de domar y amaestrar, Putin tuvo que utilizar el argumento del petróleo, una especie de zanahoria para los ingenuos occidentales que, pese a ser mentira, se quedaron convencidos.

Con la tarea cumplida, el agente regresó a Moscú, donde se reunió con el general Serguéi Ivanov, su compañero del KGB que actúa como ministro civil de Defensa. Este último también acaba de cumplir una misión especial. Mientras Putin ponía cortinas de humo para despistar al “enemigo” occidental, Ivanov hacía la tarea principal: profundizaba los lazos con el amigo de verdad, estrechando su alianza estratégica con China.

Se han escrito miles de folios de comentarios-basura sobre el “brillante futuro” del matrimonio ruso-occidental. Moscú ayudará a encarcelar a los terroristas internacionales que no quepan en las cárceles europeas. ¡Por algo tiene Siberia! Luego, en caso de terremoto, podrá mandar a Europa a algún chucho buscador, poco mordedor, para rescatar a los damnificados. ¡Un verdadero motivo para caer en la euforia y decretar el fin de la Guerra Fría!

¡Ah! Se nos olvidó lo más gordo: Rusia luchará, junto con los europeos, contra la proliferación de las tecnologías militares peligrosas… No tenemos ninguna duda de que lo hará, pero siempre después de armar hasta los dientes a su segundo aliado estratégico, que es Irán. Por cierto, el régimen de Teherán no para de realizar exitosas pruebas de su misil “Shahab-3”, fabricado a base de la tecnología rusa y capaz de alcanzar el territorio europeo.

En cuanto a los resultados de la visita de Ivanov a China, sólo se dice que son “óptimos”. Las relaciones entre los dos países no tienen ninguna publicidad en la prensa. No obstante, tienen mucho contenido concreto. Se sabe que Moscú suministra a su aliado el 40 por ciento de armas que vende al exterior. China recibe de Rusia grandes destructores supermodernos y submarinos tipo “Kilo”, aviones de combate y misiles antiaéreos.

Mientras tanto, 2.000 militares chinos ya estudian en Rusia. Además, los aliados tienen planes de crear un Estado Mayor Conjunto y unas fuerzas de reacción rápida, amen de llevar a cabo maniobras militares con la participación de las tropas de ambos países. A Rusia y China les une el deseo de compartir su influencia en Asia, coinciden en sus sentimientos anti-americanos y, en general, anti-occidentales. Y lo único que ahora no les deja dormir tranquilamente es la presencia militar “forastera” en lo que consideran su feudo, aunque un “poco” rebelde: Afganistán.

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