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El último golpe a la familia Yeltsin

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La decisión del presidente, Vladimir Putin, de destituir al Gobierno se interpreta como un gesto para romper, en vísperas de las Elecciones, los últimos lazos con la llamada “familia” (equipo político) del antiguo mandatario, Boris Yeltsin. No es ningún secreto que el primer-ministro saliente, Mijail Kasianov, es un hombre de Yeltsin. Igual que el propio Putin, con la única diferencia de que a Putin ya no le conviene seguir siendo fiel a su antecesor. Ha aguantado cuatro años porque fue propuesto a la Presidencia por el mismísimo Yeltsin pero ahora, para seguir adelante, necesita cortar con su pasado. O sea con el perverso, alcoholizado y criminalizado régimen de su antiguo benefactor.
 
El destino de Kasianov era previsible cuando Putin intervino ante sus electores el primer día de la campaña electoral con duras críticas contra el régimen yeltsinista. Ya no quiere compartir la responsabilidad con Yeltsin. Y es más: desea echarle la culpa de los problemas que ha heredado y que no ha podido solucionar durante su primer mandato. Es de destacar que la ruptura con Yeltsin no se ha producido de forma brusca. Putin es muy prudente, por eso se ha deshecho de los hombres de la “familia” poco a poco. Por ejemplo, el año pasado despidió a Alexander Voloshin, jefe de la administración kremliniana (gobierno paralelo), un fiel de Yeltsin.
 
¿No lo ha hecho Putin antes sólo por no parecer desagradecido ante la “familia” y el propio Yeltsin? Por supuesto que no. Hasta el momento, este clan mafioso tenía demasiada influencia en el país, por ejemplo, entre los llamados “oligarcas”, dueños de la economía rusa. La lucha sin cuartel de Putin contra los “oligarcas” le ayudó a disminuir la influencia de la “familia”. No es casual que Kasianov defendiera a los perseguidos por Putin, especialmente al magnate Jodorkovski, encarcelado por haber cometido irregularidades financieras.
 
Además la última decisión de Putin aumenta su popularidad entre la población como si fuera un zar bueno, preocupado por sus súbditos. Un zar que expulsa a los malos, culpables de todas las desgracias del país. Por supuesto, tampoco es casual que los últimos meses los canales de televisión controlados por los partidarios del presidente echaban pestes contra el gobierno acusándolo de todos los problemas.
 
Putin tiene asegurada su reelección como presidente. Ahora le queda nombrar a un fiel seguidor suyo como primer ministro para convertirse en el dueño absoluto del país que no tenga que compartir el poder con ninguna familia.

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