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En busca del chivo expiatorio

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El caso de la empresa YUKOS, propiedad del oligarca Jodorkovski, sigue siendo investigado por la Fiscalía General rusa. Pero esta vez no son los chanchullos financieros del magnate o de sus hombres los que atraen la atención de los fiscales. Según el prestigioso periódico moscovita Komersant, van a por un pez mucho más gordo: por el mismísimo primer ministro, Mijail Kasiánov.

El problema de Kasiánov consiste en que no forma parte del llamado “grupo de San Petersburgo”, el equipo de colaboradores más íntimos del presidente, Vladímir Putin, sus antiguos compañeros de los servicios secretos. Al parecer, el “grupo” le quiere sustituir por un hombre más fiel al régimen. Además, es el momento oportuno para echarle la culpa de todos los males de Rusia en vísperas de las elecciones parlamentarias. En estos comicios ganará el partido presidencialista “Rusia Unida”, encabezado por el ministro del Interior, Boris Grislov. No es de extrañar: los servicios de seguridad siempre han protagonizado la vida política rusa.

Al mismo tiempo, no será muy difícil cargarse a Kasiánov. Como cualquier político o alto funcionario ruso, no es trigo limpio. Según el mismo rotativo moscovita, la fiscalía estudia actualmente las cuentas de la empresa de inversiones “Trast”, una “hija” del banco MENATEP, a su vez estrechamente vinculado con YUKOS. El objeto de las investigaciones son los lazos de “Trast” con el Banco Ruso de Desarrollo, propiedad del gobierno. Este último, al parecer, fue utilizado por Kasiánov para desviar fondos públicos a sus cuentas privadas en el exterior. “Trast” le serviría de mediador.

Desde hace tiempo la prensa le atribuye a Kasiánov la participación en las operaciones financieras más sucias de la época yeltsinista de los 90 cuando él era vice-ministro y, posteriormente, ministro de Finanzas. Fue Kasiánov quien firmó los cheques por valor de millones de dólares a nombre del “chorizo” kosovar, Bedjet Pakkoli, encargado de cambiar inodoros en el Kremlin. Una gran parte de este dinero apareció luego en las cuentas extranjeras de altos funcionarios rusos, incluidos el presidente Yeltsin y sus dos hijas.

Otra gran operación donde Kasiánov dejó sus huellas fue el pago de la deuda exterior del Estado ruso a mediados de los 90. En este caso, según el periódico Nóvaya gazeta, Kasianov actuó con su socio y amigo, el banquero Alexánder Mamut, de procedencia judía. El gobierno ruso anunció a los acreedores extranjeros que no tenía dinero para pagar la deuda. Poco después vendió sus obligaciones financieras a los bancos de Mamut por el 30% de su precio. Los extranjeros deseosos de recuperar por lo menos una parte de la deuda, cobraron este dinero de las manos de Mamut. Un mes más tarde Kasiánov “encontró” en los fondos del Estado el resto, el 70% del importe para pagar la deuda. Pero como ya estaba pagada, este “resto” fue entregado a Mamut.

Y lo último que la prensa, especialmente el periódico italiano La República, le reprocha al primer ministro es su participación en el robo del siglo: el desvío a cuentas privadas de 4.800 millones de dólares del llamado préstamo de estabilización otorgado a Rusia por el Fondo Monetario Internacional en 1998. Este dinero desapareció sin dejar huella, lo que provocó el tristemente célebre “default” ruso y la ruina de miles de inversores extranjeros.


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