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¡En Rusia no pasa nada, señores!

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Me resultan muy extraños los comentarios que proliferan en España y en Occidente tras la detención del multimillonario Jodorkovski, acusado de ser un “chorizo” de gran envergadura. En la prensa se habla de un “atentado” ontra la economía de mercado, un “ataque” contra la iniciativa privada, los derechos humanos y la democracia en general. Leyendo todas estas disquisiciones me pregunto: ¿Acaso se puede “atacar” o “atentar” contra lo que no existe, nunca existió y no existirá en Rusia en un futuro próximo? Pero, al parecer, a nadie se le ocurre preguntarse lo mismo.
 
¿Cómo explicar los comentarios periodísticos? Resulta que, en su día, Occidente se inventó un bonito cuento con desenlace feliz. “Erase una vez un imperio bolchevique malo que quiso ser bueno. Adoptó en un pis-pas los derechos humanos y se adhirió al mundo civilizado. Y desde entonces empezó a vivir en armonía”. Lo más curioso es que al escribir este cuento romántico e ingénuo muchos políticos y la mayoría de los analistas lo asumieron como si fuese una historia verdadera. Ni la imagen de un Yeltsin borracho bailando “kalinka” y haciendo sus necesidades fisiológicas en público pudo destruir las ilusiones. Tampoco lo hizo la guerra en Chechenia, el chapapote –un regalito que Rusia envió a España–, ni las mafias que inundaron las costas españolas.
 
A nadie se le ocurre pensar que la caída del comunismo en Rusia no significó nungún cambio sustancial del régimen totalitario. Fue una pintada chapucera de la fachada perversa. La represión policial, la presión sobre los medios de comunicación, el desprecio absoluto hacia las libertades, los derechos y la propia vida humana nunca han sido suspendidos. Todo sigue igual, o hasta peor, que durante el régimen comunista.
 
La “nomenclatura” bolchevique, promoviendo las llamadas “reformas” de principios de los noventa no se proponía, por supuesto, dar ninguna libertad al pueblo sino quitarle los pocos derechos económicos y sociales que tenía. Lo que querían los bolcheviques es hacerse con las riquezas del país. Y es que el poder político ya no les satisfacía. El joven activista del “komsomol” (Juventudes Comunistas) Jodorkovski asumió las reglas del juego y participó en la rapiña pero, al parecer, ha traspasado los marcos permitidos. Porque en un régimen totalitario hay reglas y límites para todo.
 
Todo indica que su principal problema es que ha olvidado la ley que todos deben cumplir en una sociedad controlada y corrupta. Esta ley fue formulada a mediados del siglo XIX por un gran satírico ruso-ucraniano, Nikolai Gogol: ¡En Rusia cada uno puede robar sólo según su rango!

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