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Gusinski sigue en España

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El polémico oligarca ruso-israelí, Vladímir Alexándrovich Gusinski, de 48 años, acosado por la fiscalía rusa por su presunto “fraude financiero a gran escala” reside actualmente en su lujosa propiedad de Sotogrande, Cadiz. Tiene también una villa en las afueras de Moscú, una vivienda en Londres y otra en Tel-Aviv. Sus amigos y enemigos le llaman “Gus” (El Ganso). Este mote lo debe tanto a las tres primeras letras de su apellido como a su soberbia.

Su vida siempre ha sido como el mar: con flujo y reflujo. No fue muy estudioso, por eso le echaron de la Escuela Superior de Petróleo y Gas de Moscú. Posteriormente estudió Arte Teatral y trabajó como director artístico en fiestas teatrales y conciertos que, de vez en cuando, organizaban los sindicatos soviéticos. Tampoco tuvo gran éxito y fue obligado a ganarse la vida como taxista.

Su hora llegó con la “perestroika” de Gorbachov. En 1986 empezó su primer negocio: fabricaba bisutería barata que vendía en los mercadillos. Su ascenso empezó gracias a un nuevo amigo, el futuro alcalde de Moscú, Yuri Lujkov, que ya ocupaba un alto cargo en el ayuntamiento. En 1988, Gusinski abrió una gestoría para buscar contactos entre los primeros empresarios y la vieja guardia de los funcionarios comunistas, o sea entre la iniciativa privada y el poder. Estos contactos debían basarse, por supuesto, en “intereses económicos”. Así, Gusinski se hizo padrino del nuevo sistema corrupto que prosperó en los años noventa y sirvió de base para el régimen del presidente Borís Yeltsin.

El futuro oligarca no tardó en aprovecharse de este sistema. Gracias a sus “magníficas relaciones” con el ayuntamiento y amigos en otras estructuras del Estado, el antiguo director de fiestas comunistas, taxista y joyero se convirtió, en un par de años, en uno de los más importantes banqueros, constructores y agentes inmobiliarios de Moscú.

El imperio periodístico de Gusinski nace en 1993 para defenderle de las acusaciones de ser “corrupto y mafioso” que aparecen en otros medios. Fundó el diario “Segodnia”(Hoy) y el canal televisivo NTV (Televisión Independiente). No había problemas para financiar estos proyectos. Gusinski se hizo íntimo del ministro de Finanzas, Boris Fiódorov, y su banco privado “Most” se encargó de realizar transferencias del Gobierno, así como de gestionar los pagos oficiales de los moscovitas.

Mientras, la rápida subida del “Ganso” no le gustaba nada a otras estrellas del joven capitalismo ruso, especialmente a su primer enemigo, el magnate Borís Berezovski, quien consiguió persuadir a Yeltsin para que pusiera fin a la carrera de Gusinski. El pretexto fue que el coche de Tatiana, hija de Yeltsin, tuvo que parar una vez en la calle para esperar que pasara el cortejo del oligarca. El servicio privado de seguridad de Gusinski, un verdadero ejército, fue también objeto de gran envidia de sus enemigos. Contaba con cientos de profesionales encabezados por el antiguo vice-presidente del KGB, Felipe Bobkov. El acoso contra el oligarca se hizo evidente cuando la guardia presidencial desarmó a sus matones y procedió al registro de sus oficinas.

Las cosas iban mal y Gusinski tuvo que refugiarse en Londres. Pero surgió otra oportunidad. En 1996, el candidato comunista, Guennadi Zuganov, pretendía derrotar a Yeltsin en las elecciones presidenciales y poner fin al “chollo” de los oligarcas. Por eso tuvieron que unirse para echarle una mano al viejo mandatario. Berezovski se reconcilió con Gusinski y juntos donaron millones de dólares para la campaña electoral del jefe del Estado. Los medios de Gusinski no escatimaron fuerzas en esta campaña para lograr una nueva victoria de Yeltsin.

En 1997, según Forbes, la fortuna personal de este oligarca, era de unos 400 millones de dólares (78.000 millones de pesetas). Así, Gusinski seguía prosperando con todo tipo de créditos e inversiones del Estado, especialmente procedentes de la poderosa compañía de gas “Gasprom”. Su dinero fue vital para “Gus”, ya que la crisis de agosto del 1998 estuvo a punto de arruinarle. Pero su principal fallo lo cometió un año después, cuando surgió el tema de la sucesión de Yeltsin. Gusinski apostó por su amigo, el alcalde Lujkov. Su imperio periodístico inició un ataque frontal contra el entonces primer ministro, Vladímir Putin. La aplastante victoria de Putin en las elecciones no cambió la postura de Gusinski que, al parecer, ha perdido su habilidad o quizá ha sido víctima de su soberbia. Total, hoy en día, está perseguido por la fiscalía rusa que, al parecer, no tiene muchos problemas para encontrar “fallos” en los turbulentos negocios del oligarca.

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