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Hacia el totalitarismo militarizado

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El presidente ruso, Vladímir Putin, sigue su triunfal camino hacia el totalitarismo. Acaba de dar un paso más que, como siempre, no ha sido “visto” ni comentado por sus “amigos” occidentales. Estos últimos siguen eufóricos con “sus ojos honestos” y su palabrería pseudo-demócrata. Mientras tanto, Putin no para en su ofensiva bolchevique. Tras el anuncio de erigir un monumento al verdugo, Andrópov, símbolo de la represión y torturas KGBistas de los 70, toma iniciativas más “contundentes”.

¿Qué hay que hacer para amordazar, de una vez para siempre, al pueblo ruso y quitarle cualquier deseo de libertad? La receta proviene del botiquín comunista: hay que militarizar al país, especialmente a su juventud. Convertida en reclutas, uniformada, vigilada y maltratada en cuarteles, no representa ningún peligro para el régimen. Todo lo contrario, le sirve de apoyo contra cualquier disidencia.

Desde ahora, Putin, siguiendo de la forma más estricta la experiencia de Stalin y de Bréznev, introduce en los colegios la llamada “preparación militar primaria”. Los adolescentes tendrán que aprender lo que es la disciplina militar y el “todo por la patria”. Asimismo aprenderán a formarse y a no pensar en nada, a reprimir su voluntad y a obedecer órdenes de los superiores. Les enseñarán a manejar el “kaláshnikov” y odiar al “enemigo” occidental.

¿Y qué pasará con los que prefieren estudiar algo más que la “ciencia” del fusil de asalto? Son los más peligrosos para el régimen porque los que estudian pueden descubrir un día que en democracia se vive mejor que en dictadura. No obstante, para ellos existe también un remedio bolchevique. Así, desde ahora será más difícil recibir estudios superiores en Rusia.

Para que no se produzcan descubrimientos indeseables, los estudiantes universitarios no gozarán de ningún privilegio respeto al servicio militar obligatorio. Tendrán que interrumpir sus estudios para pasar un par de años bajo las banderas. Les lavarán el cerebro con cantos patrióticos y les inculcarán los “buenos modales” del cuartel. En cierto modo, se trata de vacunarles contra el “virus democrático” porque hay que ver cómo es el ejército ruso. No sólo conserva su himno y su bandera roja soviética sino también su ideología totalitaria y antihumana.

Por supuesto, la militarización del país es imposible sin armas. Putin sacó recientemente de los arsenales los 32 misiles anticuados SS-19 “Stiletto” y los colocó en puntos de lanzamiento. Los americanos no le han hecho caso. De sobra saben que se trata de un gesto propagandístico interno, un “soporte técnico” para la campaña de apretar los tornillos. Mientras tanto, algunos observadores internacionales opinan que la tarea de Putin de militarizar su país es más difícil que la de sus maestros, Stalin y Bréznev. Estos últimos, por lo menos, tenían unos factores externos: el pretexto de la segunda guerra mundial y la guerra fría.


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