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Hacia la restauración del Imperio

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La reciente visita del presidente ruso, Vladímir Putin, a Ucrania fue interpretada ingenuamente como “de negocios”: para propulsar la producción conjunta de misiles o, como mucho, para apoyar al líder ucraniano acorralado por la oposición. Por supuesto, no se trata ni de lo uno, ni de lo otro. Primero, porque la fábrica aeroespacial “Yuzmash”, en la ciudad de Dniepropetrovsk, donde tuvo lugar la cumbre de Putin con su homólogo, Leonid Kuchma, siempre ha trabajado para Rusia y no se plantea ningún cambio en el futuro. Segundo, el Kremlin nunca ha ha sentido mucha amistad hacia Kuchma, entre otras cosas por sus declaraciones nacionalistas y su coqueteo con la OTAN. Así que no hubo razones personales para apoyarle y salvarle del sucio escándalo por el asesinato del periodista Gongadze.

En estas circunstancias, nos parece más verosimil la versión propuesta por algunos analistas rusos que ven en la última visita un paso más hacia la restauración del antiguo imperio soviético. El primero se dio recientemente con la unión de Rusia y Bielorrusia. Desde ahora, estos últimos países son prácticamente una sola nación. Y ahora le toca a Ucrania.

Nada ha sido casual en este viaje. Todo fue bien calculado y programado. Primero, el escenario: la ciudad de Dniepropetrovsk, gran centro industrial, con la población rusa o ucraniana prorrusa, gravemente castigada por la crisis económica. Esta gente recibió a Putin con vivas, flores y patéticas lágrimas en los ojos, como a un emperador, justo y bueno, última esperanza para la provincia arruinada. Kuchma, agitado y nervioso, parecía, a su lado, un procónsul romano, avergonzado por su mala gestión. La visita a la capital, Kiev, donde hay más riqueza y más nacionalismo ucraniano, no hubiera sido tan exitosa.

Las fechas también favorecieron el viaje. Kuchma está entre la espada y la pared. La oposición pide su destitución, mientras el “amigo” occidental manifiesta sus reservas debido al caso del periodista asesinado. La última visita de Kuchma a Alemania fue un fracaso: ni más ayuda, ni más apoyo. En cuanto a la “madre Rusia”, está dispuesta a perdonarle todo a su “hijo pródigo”, con ciertas condiciones, por supuesto. La primera, sin duda, es dejar de mirar hacia occidente, que “sólo promete y no da nada”, y olvidarse de la Alianza Atlántica.

En su visita relámpago, Putin fue acompañado por una importante delegación. Para que los ucranianos digieran mejor la idea de que su sitio está al lado de Moscú, cada miembro de la delegación traía un “regalo”. Por ejemplo, el presidente del monopolio energético ruso “RAO EES”, Anatoli Chubáis, firmó un acuerdo que prevé la conexión de los sistemas eléctricos de los dos países. Eso significa un balón de oxígeno para la moribunda economía ucraniana. Desde el cierre de la central nuclear de Chernóbil el país sufre un enorme déficit de energía eléctrica.

En el convoy presidencial se encontraba también el polémico alcalde de Moscú, Yuri Luzkov, antiguo demócrata y amigo de Gusinski, convertido últimamente en nacionalista y fiel seguidor de Putin. Llegó con un enorme saco de dólares y una maleta de ofertas para los “hermanos ucranianos”. Luzkov es conocido como uno de los partidarios más radicales de la restauración del imperio. No para de atacar a los “judas” que “cambiaron la sagrada hermandad de los pueblos soviéticos por un asqueroso chicle americano”. En el pasado, sus declaraciones han suscitado protestas de las autoridades ucranianas.

Pero esta vez las autoridades estaban calladas, sonrientes y agradecidas. Y es que la visita de Putin ha sido también un claro mensaje a la poderosa oposición ucraniana prorusa: si Kuchma acepta el acercamiento a Moscú, con una posterior integración, hay razones para perdonarle sus “pequeños pecados”, como, por ejemplo, el presunto asesinato de un escribano protestón.

Total, la visita fue una operación brillante, digna de la vieja escuela del KGB a la que pertenecen Putin y sus principales colaboradores. Parecía una acción de “comandos”, rápida y eficaz, que dejó a los ucranianos con la boca abierta y mucho más próximos a Moscú que el día anterior.

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