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Imperialismo ruso

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El 7 de noviembre es el aniversario de turno de la revolución bolchevique de 1917. La mayoría de los analistas, sean de izquierdas o de derechas, siempre han hablado de este evento desde el punto de vista ideológico: que si el bolchevismo, que si la dictadura del proletariado o la Cheka de obreros y campesinos. Todos estos y muchos más fenómenos desagradables surgieron del caos llamado “revolución”. El caos, a su vez, fue el resultado de la crisis del imperio ruso, producida por la primera guerra mundial y sobre todo la mala gestión política, la torpeza del zar, la corrupción, etc.
 
Pero el caos no duró mucho. Un fenómeno mucho más poderoso que la ideología comunista se apoderó del país. Al fin y al cabo, el comunismo en los años posteriores fue una simple tapadera ideológica para cubrir lo de siempre, lo de siglos, lo de toda la vida: el inquebrantable, invencible e inmortal imperialismo ruso. Está por encima de ideologías, religiones y pertenencias clasistas. Siempre ha dominado la mentalidad rusa.
 
¿Qué hacía durante los años de su gobierno Stalin, el “padre del proletariado mundial”? ¿Para qué le sirvieron millones de muertos del GULAG? ¿Sería un sádico?¿Quizá pretendía conquistar el mundo, por lo menos, ideológicamente? Nada de eso. Lo único que de verdad preocupaba al “padre” Stalin era recuperar la herencia de los zares, el imperio creado por los déspotas como Juan “El Terrible”, Pedro el Grande y Catalina la Grande.
 
Este imperio “sufrió” bastante durante el caos revolucionario, es decir, perdió una parte de su territorio y de su poderío después de 1917. Para cumplir con su difícil tarea, “el padre” tuvo que concentrar todo el poder y todos los recursos en sus manos, aplastando cualquier disidencia y amordazando al pueblo hambriento. Stalin levantó, en un tiempo record, de las cenizas la industria, especialmente la militar, pertrechó al Ejército y se lanzó a recuperar los territorios perdidos. En su afán imperialista se olvidaba a menudo que era bolchevique. Repartía las tierras de Polonia y de los países Bálticos con Hitler y le arrebataba a Finlandia una parte de su extensión, ya que Polonia, Bálticos y Finlandia, pertenecían anteriormente a los zares.
 
La nostalgia de Stalin por el antiguo imperio era tan grande que restauró en los años 40, durante y después de la segunda guerra mundial, prácticamente todos los atributos de aquel imperio. Puso en su despacho retratos de los militares zaristas más destacados. Uniformó al país entero: desde escolares hasta profesionales. Incluso los ingenieros industriales llevaban un uniforme, como en los tiempos de los zares. El Ejército Rojo recibió galones de plata y de oro muy parecidos a los imperiales. Se abrieron escuelas de cadetes, hijos de militares, donde les servían caviar y les enseñaban a bailar y a tener buenos modales, ya que se trataba de crear una nueva aristocracia rusa. Un imperio resurgido de las tumbas de una buena parte de la población que duró hasta los años 90 cuando se produjo la crisis de turno, hundiendo de nuevo al país en un caos profundo, muy parecido al de comienzos del siglo XX. Esta vez no fue la guerra lo que destrozó el imperio, sino la lucha por el poder en la cúpula bolchevique y, sobre todo, su afán de enriquecerse privatizando las riquezas del país. El caos ha durado esta vez más de diez años.
 
Al llegar al Kremlin, el presidente Putin, con sus ojos honestos que gustan tanto a Bush-junior, puso en la mesa de su despacho una pequeña figurita: el busto del zar Pedro el Grande. Al enterarse de este detalle, muchos rusos, con pánico, se apresuraron a refugiarse en la Costa del Sol y en otros lugares del mundo. La historia se repite. ¡El imperio será recuperado cueste lo que cueste! ¡Que quede claro para el mundo entero, en especial, para los que se preguntan ingenuamente por qué han detenido a Jodorkovski o para qué han amordazado la prensa rusa!
 

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