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La bestia pelirroja de los rusos

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Una abuela rusa pierde la paciencia con su nieta mimada, que en vez de su desayuno tradicional pide bombones. --¡Toma papilla, nena! ¿O quieres que venga a por tí el pelirrojo Chubáis?-- amenaza la abuelita. La niña, aterrorizada, empieza a tragar la odiosa pucha mezclándola con sus lágrimas que le caen de sus bonitos ojos azules. Nunca ha visto a Chubais, pero sabe, igual que millones de rusos, niños o adultos, que es el ser “más repulsivo y perverso del mundo”.

¿Quién es, pues, este monstruo que sustituye al “lobo feroz” para los niños y que sirve de sinónimo de todos los males para los mayores? Se trata del elemento quizá más odiado por el pueblo desde que el “fuhrer” alemán, Adolfo Hitler, se suicidara en su búnquer berlinés en abril de 1945, tras perder la guerra, en la que perecieron unos 20 millones de rusos.

El nombre completo de este personaje es Anatoli Borísovich Chubáis, nacido en 1955 en Bielorrusia, de padres judíos. A principio de los 90, el joven y desconocido funcionario de un centro de estudios económicos, “con ambiciones pero sin conocimientos”, como le definían en aquel entonces sus compañeros, pasó a ser la mano derecha del presidente, Borís Yeltsin. Hasta ahora no se entienden bien los motivos de este ascenso. Muchos apuntan a la influencia de la hija menor de Yeltsin. La sensual Tatiana quiso tener en su variada “colección amorosa” a un “pelirrojito”.

Desde 1991, Chubáis fue responsable de las propiedades del Estado. Protagonizó las tristemente célebres “reformas económicas” y privatizaciones que arruinaron el país. De 1994 a 1996 fue viceprimer ministro. Luego ocupó el cargo de jefe de la Administración presidencial (una especie de Gobierno paralelo) y de ministro de Finanzas. Bajo las presiones populares, en 1998 tuvo que dejar la gran política para presidir el monopolio eléctrico del país, RAO EES.

El nombre de Chubáis está estrechamente relacionado con la formación en Rusia de un sistema político dominado por las mafias y la corrupción. Ha sido él quien vendió la propiedad del Estado, por dos duros, a los influyentes representantes de la “nomenclatura bolchevique”, así como a sus amigos, conocidos y gente “útil”. Por supuesto, no hubo concursos de privatizaciones. En total vendió unas 70.000 empresas por valor de 9.000 millones de dólares. Para comparar, en América Latina, las privatizaciones de 279 empresas significaron para el sector público 30.000 millones de dólares. Por supuesto, Chubáis nunca olvidaba sus intereses personales. Así que, aún siendo funcionario del Estado, hay que decir que su fortuna personal ocupa un puesto de honor en la lista de los 50 hombres más ricos del país.

Como consecuencia de estas privatizaciones y otras gestiones económicas de Chubáis la inflación superó, a principio de los 90, el 2.500% anual. Los rusos se hundieron en la miseria más absoluta, con una esperanza de vida menor que en Burundi y con una mortalidad infantil cinco veces mayor que en el resto de Europa.

Pero lo más cínico fue que Chubáis se presentaba ante la opinión pública rusa y extranjera como partidario de la economía de mercado y del liberalismo europeo. Compaginaba estas ideas con las siguientes declaraciones públicas: “No vamos a preocuparnos de esta gentuza (en relación a los parados que se quedaron en la calle tras sus “reformas”). ¡Qué mueran 30 millones! La economía de mercado no les necesita. En el futuro nacerá más gente”…

¿Cómo Yeltsin, por muy senil y alcoholizado que estuviera, aguantaba a un elemento de esta categoría? La respuesta es casi obvia: Chubáis sabía prestar “importantes” servicios personales no sólo a la hija, sino también al padre. En 1996, en vísperas de las elecciones presidenciales, las encuestas daban a Yeltsin el 0,6 % de popularidad. Chubáis apareció con un balón de oxígeno. Recogió las donaciones de los llamados “oligarcas” rusos que le debían sus empresas privatizadas. Con este dinero –cientos de millones de dólares- el “pelirrojo” pudo pagar la campaña publicitaria de Yeltsin en los medios de comunicación, pagar los salarios y pensiones atrasadas, sobornar a políticos y funcionarios y, tras un enorme pucherazo, proporcionarle a Yeltsin una victoria electoral.

Un escándalo con soborno de 80.000 dólares, que una empresa pagó a Chubais y que salió a la luz en 1997, le costó la carrera política. Yeltsin tuvo que intervenir personalmente para salvar a su favorito de la persecución judicial.

Los observadores dicen que el nuevo presidente, Vladímir Putin, para ganarse el favor de los rusos, tiene que quitarle a Chubais su último cargo público. Los recientes cambios en el ministerio de Energía indican que está en ello.

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