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La conexión corrupta con Rusia

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El aspirante a la presidencia de Estados Unidos, George Bush, acusó recientemente a su adversario, Al Gore, de haber sostenido a lo largo de los años noventa “estrechas” relaciones con el antiguo primer ministro ruso, Víctor Chernomirdin. Bush calificó a Chernomirdin como “político corrupto” y le reprochó el robo descarado de los recursos financieros que la comunidad internacional, especialmente Estados Unidos, mandaba a Rusia para apoyar sus reformas económicas.

El hecho de que Chernomirdin fuera uno de los elementos más corruptos del antiguo régimen del presidente, Boris Yeltsin, es reconocido tanto en Rusia como en el mundo entero. Su fortuna personal, tras unos seis años de poder a la sombra del presidente, incapacitado física y mentalmente, ascendió a unos 4.000 millones de dólares, según la prestigiosa revista estadounidense “Fortune”.

Las declaraciones de Bush, al parecer, no le han gustado nada a Chernomirdin. Amenaza al político de Texas con un juicio por “calumnias y difamaciones”. Y eso a pesar de que semejante juicio, según expertos estadounidenses, sólo podría aumentar el prestigio de Bush y descubrir nuevos casos de corrupción en Rusia, que no son todavía conocidos por la opinión pública mundial.

Pero a Chernomirdin, al parecer, nunca le ha importado esta opinión. Sus amenazas contra Bush tienen un carácter puramente propagandístico y están destinadas a los rusos, atontados por la miseria y la propaganda nacionalista. El antiguo jefe del Gobierno, experto en demagogia, declara que las acusaciones contra él amenazan la “grandeza” de Rusia.

El oportunismo de Chernomirdin es también muy conocido. Este antiguo miembro de la “nomenclatura” comunista soviética no dudó en cambiar de chaqueta para seguir pillando del Estado. No tenía y no tiene ninguna convicción política. A lo largo de su gobierno se declaraba tanto partidario de las reformas democráticas, como lo contrario. Además, a cualquiera le resulta muy difícil comprender su verdadera postura, ya que padece un tartajeo propio de una persona poco culta y torpe.

Pero, a la hora de recibir las ayudas internacionales, demostraba una verdadera habilidad. Así, el director de Investigaciones Internacionales de la Universidad de Texas, Denis Denn, declaró recientemente que “la mayor parte de los recursos enviados por Occidente terminaron en los bolsillos de empresarios y políticos rusos, próximos a Chernomirdin. Este dinero nunca ha entrado en las entidades públicas y no gubernamentales y ha sido incapaz de ayudar al pueblo ruso y a su economía”. El mismo experto estadounidense insistió en que Bush y sus consejeros disponen de pruebas concretas de que Chernomirdin se enriqueció gracias al desvío de la ayuda internacional.

A eso podemos añadir que Chernomirdin metía la mano no sólo en los fondos internacionales. Siendo jefe del Gobierno, seguía controlando el monopolio del gas natural ruso, “Gasprom”, que presidía antes de ser nombrado primer ministro. Se sospecha que una importante parte de los beneficios de este gigante acababa en los amplios bolsillos de este mandatario.

A lo largo de su gobierno, Chernomirdin repetía siempre lo mismo: “Rusia va bien, mucho mejor que antes”. Y era todo lo contrario. Las reformas estaban en punto muerto. La economía, dominada por los funcionarios corruptos y las bandas criminales, se hundía en el caos más profundo. La corrupción ha obtenido el carácter institucional.

El paro, los salarios retrasados meses y, a veces, años, la miseria generalizada, la falta de sanidad y la carestía azotaban la sociedad rusa que disminuía a la velocidad de un millón de personas al año, mientras la esperanza de vida caía de 70 a 50 años. Y por si fuera poco, una guerra en Chechenia, perdida en 1996, añadió un rasgo sangriento al período de gobierno de Chernomirdin.

En cuanto a Bush, no le reprocha sólo a Gore el trato con un político corrupto. Le acusa también de confiar en este personaje de la forma más ingenua e incondicional. Así, en 1995, Gore firmó con Chernomirdin un acuerdo secreto, hecho público recientemente, sobre las ventas de armas rusas a Irán, tema muy sensible para la diplomacia estadounidense. Según este acuerdo, Moscú debía dejar de vender las armas a la República Islámica en 1999, mientras Washington le ayudaba a buscar nuevos mercados y no sometía a Rusia a las sanciones económicas, previstas para los vendedores de armas a los países que apoyan el terrorismo internacional. La parte estadounidense prometió también a Rusia venderle su material bélico más moderno y ayudarle a entrar en la Organización de Exportadores de Armas.

Al parecer, los estadounidenses cumplieron con su palabra, mientras los rusos, sin remordimiento alguno, siguen vendiendo al régimen de Teherán todo tipo de material bélico: submarinos, aviones de combate, blindados, torpedos de alta precisión, etc.

En un informe, publicado recientemente por los parlamentarios repúblicanos, la Administración del presidente Clinton es acusada de haber apoyado al "régimen corrupto” en Rusia y “desprestigiado” de esta forma la política de Estados Unidos.

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