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La confusión afgana

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Los que intentamos seguir día a día los acontecimientos en Afganistán estamos prácticamente desesperados por no tener acceso a una información contrastable. ¿Qué pasa en aquel desgraciado país? ¿Tienen razón los hombres de Bush que nos informan de sus éxitos militares? ¿O tienen algo de verdad las palabras del tuerto talibán que desde Paquistán nos habla de muertos y prisioneros americanos?

Por ejemplo ¿qué pasa con Mazar-i-Sharif? La aviación estadounidense bombardeó las posiciones enemigas en esta zona sin parar durante dos semanas. Todo el mundo esperaba la caída inminente de esta ciudad estratégica del norte de Afganistán. Resultado: los talibanes no sólo no retrocedieron, sino que asestaron un golpe más al general Dustum, único miembro de la Alianza del Norte que, al parecer, goza de cierto apoyo de Washington.

Supongamos que las bombas cayeron donde debían caer. ¿No será entonces que este general uzbeko no ha cumplido con su misión? Porque en Afganistán todo el mundo sabe que Dustum nunca se ha destacado por su talento militar y que no se puede confiar en este ex-comunista pro-soviético, ex-nacionalista y ex-islamista ahora travestido de pro-occidental. Sea como sea, Dustum, por lo menos, tiene a sus espaldas a mercenarios uzbekos, inútiles a la hora de luchar, pero numerosos.

Pero lo que nos parece todavía más erróneo es trasladar a Afganistán desde el cómodo exilio occidental a ciertas ex-personalidades afganas para que sean futuros gobernantes del país. No se trata sólo de Abdul Haq, que ha servido de diversión para los verdugos talibanes. Están también Hati Mohamad Zaman y Hati Abdul Jaliq, antiguos moyahidines de los años 80; Rahim Wardag, un general monárquico y Hamid Karzai, quien, al parecer, acaba de compartir el destino de Haq. La verdad es que estas personas, junto con el anciano monarca, que sin duda tienen muchos méritos, no gozan de suficiente influencia para solucionar el problema afgano.

Mientras tanto, en las reuniones internacionales se baraja la idea de aplicar en Afganistán el llamado “modelo bosnio”, o sea, dividir el territorio nacional en “autonomías”. Los que conocemos un poco el carácter afgano nos imaginamos que, al enterarse de este plan, cualquier moyahidin o cualquier campesino analfabeto utilizará su taco preferido para referirse a ello. Lo cierto es que Afganistán no es Bosnia. Todos los afganos, de cualquier etnia, rechazan la partición de su país.

Es asombrosa la falta del entendimiento con la Alianza del Norte, especialmente porque está compuesta por los antiguos jefes de la guerrilla que, en su día, lucharon contra el régimen pro-soviético con el pleno apoyo de Occidente. Pero es aún más sorprendente la poca atención que se presta desde Occidente a la guerrilla tayika. Representa al 30% de la población afgana y es la única fuerza local que se opone de verdad a los talibanes y a su protegido, Ben Laden. Al parecer, esta guerrilla paga a la coalición antiterrorista con la misma moneda: no se mueve de sus posiciones y prefiere coordinar sus planes con el Kremlin. Este último permanece callado y espera, con paciencia, la llegada de su hora.

En estas circunstancias de incertidumbre y de confusión seguimos deseando una rápida y exitosa operación terrestre del ejército estadounidense. Total, no nos importa tanto quién será su principal aliado aborigen, ni quién será el próximo gobernante de Afganistán. Lo que importa es acabar con el nido del terrorismo internacional existente en aquel país y asegurarse de que no aparezca nunca más.

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