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La huella suiza del régimen corrupto

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El fiscal general adjunto de Rusia, Vasili Kolmogórov, visitó estos días la República Alpina. Antes de emprender el viaje se le notaba muy poco entusiasta. “Voy para profundizar los contactos con nuestros colegas suizos”, dijo lacónico sin precisar los motivos concretos de su visita.

Por supuesto, no son las blancas cumbres montañosas, ni el bellísimo lago de Ginebra lo que atrae a Suiza, en los últimos dos años, a los altos servidores de la Femida rusa. Además son viajes bastante peligrosos, que le han costado ya el cargo al antiguo fiscal general, Yuri Skuratov, que demostró demasiado fervor profesional en la colaboración con los suizos. Fue destituído por el poder político de Moscú. Y es que la justicia rusa nunca ha sido independiente, siempre ha sido, y sigue siendo, sumisa al Gobierno. Este último, al parecer, no está muy interesado en los contactos de las dos fiscalías. ¿Por qué?

Antes de contestar a esta pregunta, mencionaremos que se trata de unos investigaciones muy importantes de la fiscalía suiza, comenzadas por la famosa fiscal Carla del Ponte, que dirige actualmente el Tribunal para la antigua Yugoslavia. Se trata de un escándalo internacional y los rusos se ven obligados a colaborar, a pesar de su deseo de escaquearse del caso.

Mientras la parte rusa mantiene su secretismo habitual, ya se sabe de fuentes suizas que el foco de las investigaciones se centra en la historia de las reformas del Gran Palacio del Kremlin moscovita. Los trabajos de pintar paredes, reformar algunas salas y colocar inodoros nuevos fueron encargados a mediados de los noventa a un empresario ruso de muy dudosa reputación, Víctor Stolpovskih. Este último “no encontró” a nadie, entre los 150 millones de rusos, que pudiera manejar un pincel. Así se explica por qué finalmente contrató a su antiguo soció, un mafioso albano-kosovar, Paccoli, que fue presentado a la opinión publica rusa como el mejor constructor del mundo. Y han sido obreros turcos quienes pintaron el palacio, cobrando por su trabajo unas 19.000 pesetas al mes. Pero lo más curioso de toda esta historia es que la obra le costó al Estado ruso unos 285.000 millones de pesetas. Una “tontería” con la que se podrían construir, según los expertos, tres palacios nuevos.

Y ¿qué tiene que ver todo esto con Suiza? Pues resulta que la empresa “promotora” de Stolpovskih, “Mercata”, y la “constructora” de Paccoli, “Mabetex”, están registradas en Suiza. El dinero también pasaba por los bancos de este país. Se encontraron asimismo en los bancos suizos las cuentas privadas de altos funcionarios rusos, en las que se quedaba una parte considerable del dinero destinado a la reforma del Kremlin. El propietario de la cuenta más abundante es un tal Pavel Borodin, antiguo intendente del Kremlin e íntimo colaborador del ex presidente ruso, Boris Yeltsin. Fue Borodin quien encargó las obras y quien las supervisaba.

Al parecer, Borodin controlaba también la financiación de este proyecto faraónico que se realizaba igualmente de forma muy extraña y a espaldas del ministerio de Finanzas. Para obtener el dinero necesario, el Gobierno ruso destinó unos 8 millones de toneladas de petróleo que debía ser vendido en el mercado internacional. No hay ningún documento que justifique el importe recibido por este petróleo. Tampoco se conoce el destino de los créditos, unos 29.000 millones de pesetas, que Stolpovskih recibió de bancos extranjeros bajo el pretexto de financiar la obra.

Actualmente, la fiscalía suiza mantiene congeladas las cuentas bancarias de Stolpovskih, acusado de haber pagado grandes comisiones a los que le concedieron las obras. Hace poco emitió una orden internacional de busca y captura contra Borodin. Este último, aunque ya no está en el Kremlin, ocupa otro cargo importante. Es secretario general de la alianza política entre Rusia y Belorusia.

Mientras tanto, las investigaciones van muy lentas, no hay ni detenidos, ni procesados. Como hemos dicho, los rusos no se apresuran a colaborar, lo que es impresendible en este caso. Y es que hay otros datos que aún no hemos mencionado. Tales detalles implican al mismísimo Yeltsin y a su familia en la sucia historia del palacio. Resulta que la fiscalía suiza encontró en el banco “Gottardo” cuentas a nombre del propio Yeltsin y de sus dos hijas, Elena y Tatiana. El que depositó el dinero en estas cuentas fue el “constructor” Paccoli.

Y aquí tenemos la respuesta a nuestra pregunta sobre la postura del Gobierno ruso, empeñado en sabotear el caso. Resulta que el nuevo presidente ruso, Vladimir Putin, al despedir a su antecesor, le firmó una especie de inmunidad y prometió no perseguirle nunca ni a él, ni a su familia.

De ahí se explica también la falta de iniciativa rusa en otro caso de corrupción llevado por los suizos. Se trata de la compañía aerea rusa de bandera “Aeroflot”, cuyos beneficios desaparecieron durante un cierto tiempo en los bancos suizos. El director general de la compañía era el yerno de Yeltsin, marido de Elena, mientras una gran parte de las acciones pertenece al íntimo colaborador del antiguo mandatario del Kremlin, a su Rasputin, el todopoderoso magnate ruso-israelí Boris Berezovski. Se especula que a este último, el presidente Putin le debe también muchos favores, especialmente su nombramiento como sucesor de Yeltsin.

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