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La mafia sigue en el poder

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La prensa que nos informó de las elecciones en Georgia sólo se centró en el talante "nacionalista" y "prooccidental" del presidente electo, Alexánder Saakashvili, de 36 años. Nos hablaron también de sus  promesas de luchar contra la corrupción y por las reformas, capaces de convertir un país, sólo comparable hoy en día con Somalia, en un estado de derecho. Menos mal que los medios no se empeñaron esta vez en machacarnos con el tema de los futuros cambios "democráticos" y de los "derechos humanos", palabras que no tienen ningún sentido en un país como Georgia. Quizá no lo hicieron porque el mandatario saliente, Eduard Shevardnadze", alias el "zorro blanco", ya era un "demócrata". Igualmente era muy "prooccidental" y muy de "reformas". Hasta tal punto que no paraba de hablar de la entrada de Georgia en la OTAN y la UE.
 
Mientras tanto, los recientes cambios del régimen de Tbilisi tienen para nosotros un significado distinto. No hay que ser ningún analista internacional para suponer que en un país controlado al cien por cien por los clanes mafiosos cualquier cambio debe estar relacionado, de una u otra manera, con las actividades de las mafias.
 
Y así es. Según la destacada demócrata georgiana, Irina Sarishvili-Chanturia, el nuevo mandatario es un simple "pelele", un "joven tontito" en manos de uno de los mafiosos más poderosos de Georgia, Zurab Zhvania. Este último, conocido por no tener "ni moral, ni escrúpulos", utilizó el descontento popular para introducir en el poder a su hombre de paja. Zhvania necesita a Saakashvili porque él mismo no puede ser presidente. Es de padre armenio y de madre judía, lo que le impide cualquier apoyo popular.
 
En estas circunstancias la "lucha contra la corrupción", prometida por el nuevo dirigente, adquiere, según Sarishvili-Chanturia, un significado muy concreto: un ajuste de cuentas entre las mafias. Zhvania no tardó ni un día en empezar la campaña de arresto de sus rivales. Ya se encuentra entre rejas el presidente de la Federación Georgiana de Futbol, Zhordania, y el ex-ministro, Mirtsjulava. Se busca a Levan Mamaladze, uno de los capos más destacados de los tiempos de Shevardnadze. Los "negocios" que estaban antes bajo control de los perseguidos han pasado inmediatamente a los hombres de Zhvania.
 
No obstante, la victoria de este último no será completa mientras no pueda con Aslan Abashidze, el todopoderoso cacique de la región de Adzharia con el puerto de Batumi como capital. Abashidze, partidario de Shevardnadze, declaró el estado de sitio en su región tras los cambios en Tbilisi y habla abiertamente del carácter ilegal de la "revolución de las rosas". "Ilegal" desde el punto de vista de la mafia tradicional a la que pertenece Abashidze. Desprecia a Zhvania porque es un "forastero" para los delincuentes georgianos. No tiene los "títulos" que otorga el mundo de la cárcel, ni conoce las "sagradas" leyes de ese mundo. Abashidze sí las respeta y posee los titulos necesarios. Es, ni más ni menos, "ladrón de ley", autoridad suprema para cualquier delincuente en el espacio de la antigua Unión Soviética. Además está reconocido como tal por la poderosa mafia rusa. El "gran hermano" ruso no le abandona. 
 
La mafia del Este ha fracasado recientemente en Lituania: no ha podido hacerse con un país que pronto será socio de la UE. En Georgia, a pesar de los cambios y luchas internas, sigue en el poder.

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