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La mentira tiene patas muy cortas

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Entre el morbo informativo que nos ofrecen últimamente los medios nacionales, destacaría la historia de un tal Rubén González, nieto del dirigente bolchevique español, Ignacio Gallego. Esta historia fue sacada a la luz del día por el principal medio tergiversador polanquista y posteriormente difundida por otros, tanto escritos como hablados. Consiste, según El País, en que este indivíduo, nacido en Rusia con parálisis cerebral, fue “arrebatado a su madre” y “condenado a la muerte segura por el régimen comunista” que además “escondía a los minusválidos en los orfanatos”.

A los que vivimos el mencionado régimen a lo largo de unos 40 años, de los tiempos de postguerra hasta su hundimiento a principios de los 90, hemos quedado sorprendidos por esta información. Conocimos muchos desmanes del régimen comunista y hablamos a menudo de ellos en las páginas de Libertad Digital. Lo hacemos sin ninguna intención ideológica, ya que nuestro único propósito es decir la verdad.

Este mismo propósito nos obliga, hoy en día, a hacer la siguiente revelación: los comunistas soviéticos, por muy perversos que fueran, no tenían ni rabo ni cuernos y no se comían a los bebés ni crudos, ni asados, por lo menos, en la época en que vivimos su realidad personalmente. Su salvajismo no llegaba a este punto. Tampoco “arrebataban” a los bebés malformados de sus progenitores, nativos o extranjeros, ni a nietos de dirigentes comunistas españoles, especialmente con aquellos con los que mantenían relaciones de máxima confianza, como fue el caso de Ignacio Gallego. No estaban tan locos en los años 60 cuando nació Rubén. Además, ¿cómo pretendían “esconderle” de su madre y de su abuelo conservándole su auténtico nombre y apellido? ¿Para qué lo harían? ¿Sería para ocultar la degeneración de los descendientes de los líderes comunistas? Por favor, señores…

No obstante, en Rusia, en la época comunista igual que ahora, las madres, tras el parto, tenían y tienen el derecho a negarse a quedarse con su criatura, sea sana o enferma, cediendo sus derechos maternos al Estado por medio de un documento firmado. En estos casos los niños pasan al orfanato. El fenómeno no es raro en especial entre las madres solteras que no tienen medios o ganas para mantener a sus hijos nacidos fuera del matrimonio.

¿No será ésta la verdadera historia de los Gallego?

Por otra parte, respetamos el deseo del jóven Rubén, por fin reunido con su madre, de buscarse la vida en España. Pero dudamos de que el camino de las tergiversaciones sea el más adecuado para este propósito.

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