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La novia rica de todas las Rusias

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Tatiana Diachenko, la hija menor del anterior presidente ruso, Boris Yeltsin, acaba de divorciarse de su segundo marido, Alekséy. La previa separación coincidió prácticamente con el fin del mandato de Yeltsin en diciembre de 1999. Dicen que el marido estaba harto de las famosas “audiencias” que su voluptuosa esposa concedía a decenas de hombres en su piso privado del barrio céntrico de Moscú. Tampoco le gustaba que la “familia” presidencial le tuviera apartado de sus lucrativos negocios. Estaba obligado a ganarse la vida con las exportaciones de productos metálicos de los Urales, obteniendo una miseria en comparación con los dividendos de su mujer. Estos últimos consistían en millones de dólares que Tatiana conseguía gracias al sistema corrupto creado por Yeltsin y sus secuaces. Según la prensa rusa, no se trata sólo de unas comisiones pagadas por una empresa suiza por las tristemente célebres reformas del Palacio del Kremlin. Tampoco ha sido el botín más gordo el desvío de una parte del crédito del Fondo Monetario Internacional en 1998 que finalizó, tras un largo viaje por los bancos del mundo, en las cuentas de una empresa australiana controlada por Tatiana.

El grueso de su fortuna, según las últimas investigaciones periodísticas, procede de la pirámide financiera llamada GKO. Esta obra faraónica fue levantada por el antiguo primer ministro ruso, Víctor Chernomirdin, en 1996, para que los funcionarios más importantes de Rusia pudieran enriquecerse, por supuesto, a costa de pequeños inversores rusos y extranjeros. Los poseedores previlegiados de las acciones GKO, una especie de obligaciones del Estado, recibían un 140% de intereses anuales. El chollo acabó en agostó de 1998. La pirámide fue destruida, lo que provocó una grave crisis financiera en el país y la ruina de miles de accionistas rusos y extranjeros. Pero Tatiana, de forma “milagrosa”, pudo vender a tiempo sus acciones y no perdió nada.
Pero la hija de Yeltsin también tenía un cargo oficial. Fue consejera de su padre para los asuntos de su imagen presidencial. En la práctica, este labor consistía en arreglar, en los actos públicos, el nudo de la corbata del presidente que él intentaba aflojar. El salario por este trabajo era cinco veces más alto que el del primer ministro del país, según la prensa rusa. Los coches de lujo, bienes inmobiliarios en Rusia y en el extranjero, yates, caballos de raza, diamantes, trajes de los mejores modistos franceses y otros “caprichos” forman parte de la vida de esta mujer –que ahora tiene 41 años- en un país donde los ingresos mensuales de las familias trabajadoras no superan las 10.000 pesetas. Ahora es de nuevo una novia, la novia quizá más rica o una de las más ricas de todas las Rusias.

Dicen que la ven a veces en Tenerife donde, al parecer, tiene también unos negocios poco transparentes. A ver si algún “Don Juan” canario se anima a cazar a esta pajarita.

















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