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La obsesiones de Putin

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El presidente ruso, Vladímir Putin, tiene dos grandes obsesiones que, según rumores, no le dajan dormir: restaurar el imperio soviético y poseer la Armada más poderosa del mundo. La primera obsesión radica en su pasado de agente de los servicios secretos cuyo primer deber era “preservar la integridad territorial de la URSS”. La segunda se debe a que nació en San Petersburgo, patria de la flota rusa de los tiempos del zar, Pedro el Grande, quien, gracias a su afición naval, abrió para Rusia, a principios del siglo XVIII, la ventana al mundo.

El pasado fin de semana el presidente ha dado un paso significativo para hacer realidad sus sueños. Con ocasión del Día de la Armada se desplazó a la base naval rusa de Sevаstópol, en Crimea, Ucrania. La población de esta antigua ciudad, cien por cien prorusa, salió a la calle con banderas rusas y retratos de Putin. “¡Nuestra patria es Rusia, nuestro presidente es Putin!” —decían los carteles. El presidente ucraniano, Leonid Kuchma, que acompañaba al mandatario ruso ha tenido que aguantar la humiliación. Los dos participaron en los festejos: la parada y las maniobras navales protagonizadas por grandes destructores rusos y un anticuado guardacostas ucraniano. El colmo ha sido cuando el encargado de la fiesta, un concejal del Ayuntamiento, dio vivas, por los potentes altavoces, a “Moscú como capital de nuestra gran nación”. Al día siguiente los periódicos ucranianos escribieron que fue una simple equivocación ya que la capital de Ucrania es Kiev. Pero los participantes en la fiesta no lo entendieron así y contestaron el “error” con un “¡Viva Rusia!” de varios minutos.

Emocionado por ver como se cumplen sus ambiciones imperialistas, Putin anunció que acababa de firmar una nueva doctrina naval que prevé convertir a Rusia en una reina de los mares y océanos. Por supuesto, el presidente no perdió la oportunidad de hablar de que su país está dispuesto a defender a su hermana Ucrania contra cualquier agresión y de los profundos sentimientos que existen entre los dos pueblos gemelos. Putin es “generoso” y está dispuesto a perdonar a Kuchma todos sus pecados: el coqueteo con la OTAN y la Unión Europea y hasta la reciente visita, por su invitación, del Papa. Total, el líder ucraniano ha sido “buen chico” a lo largo de este año. Ha echado del Gobierno al primer ministro prooccidental, partidario de las reformas democráticas, y no se ha permitido ni una crítica hacia el “gran hermano”. Su política se hizo más pro rusa tras un sofisticado juego palaciego emprendido por el Kremlin y la reanudación de suministros a Ucrania del gas y petróleo rusos.

No obstante, a Putin, gran maestro de chantaje y presiones, le gusta, de vez en cuando, mostrar personalmente a Kuchma quien manda en el imperio. Así lo hizo hace varios meses durante su triunfal visita a Dniepropetrovsk, otra ciudad ucraniana con la mayoría pro rusa. Según observadores, la llegada de Putin al poder ha servido a los partidos pro rusos en las repúblicas ex soviéticas duplicar sus esfuerzos para unirse con su antigua metrópoli. Así pasó en Moldavia, vecina de Ucrania, cuyo presidente, el comunista Vladímir Voronin, insiste en entrar en la alianza estratégica rusa-bielorrusa para formar prácticamente un sólo país.

Al parecer, Putin podrá dormir tranquilo sólo cuando Ucrania haga lo mismo.

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