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La polémica obsesión por el pasado

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La mayoría de los que nacimos después de la Segunda Guerra Mundial tuvimos la suerte de no conocer personalmente ciertas imágenes del pasado, aunque nos hacemos una idea de ellas por las películas y documentales de la época…

Me refiero, por ejemplo, a mítines exaltados de seguidores de Hitler o a desfiles de los miembros de las SS luciendo condecoraciones por el aporte a la “solución final del problema judío”. Fiestas con marchas marciales y los habituales saludos nazis con mano al aire: “¡Heil Hitler! - ¡Sieg Heil!….

Pero resulta que no son siempre escenas del pasado. A veces son realidades que tienen lugar, hoy en día, en Europa del Este. El último festejo se produjo en el pequeño pueblo de Lestene, a 70 kilómetros de Riga, capital de Letonia. Fue un acto en memoria de los caídos en la lucha por el “nuevo orden” hitleriano en Europa y en el mundo entero.

Los que pueden pensar que se trataba de algún divertido juego de carácter privado, de una broma pesada, o de una reunión de seniles nostálgicos, tampoco aciertan. Fue un acto oficial muy serio, promovido por las autoridades letonas y presidido por el mismísimo ministro de Defensa, Guirt Valdis Kristovskis. El ministro inauguró un monumento a los combatientes de las dos divisiones Waffen-SS “Latvia”, formadas en 1943-44 por nazis letones. Unas unidades de máxima confianza del “fuhrer” alemán.

Este acto ha sido considerado por muchos analistas, tanto en Letonia como en otros países, como un vergonzoso homenaje a la ideología nazi-fascista, a la “proeza” de haber asesinado a decenas de millones de personas, o sea, a todo lo que fue calificado, por el mundo civilizado, como el crimen más horroroso de la historia de la humanidad.

Para quienes todavía piensan que un acto parecido puede considerarse como un simple recuerdo “histórico” sin perjuicio ninguno para la actualidad, les recordaremos que el Tribunal Internacional de Nuremberg (1945-46) calificó a las SS como una organización criminal, cuyos desmanes no tienen olvido. Además de haber llevado a cabo el holocausto judío -seis millones de personas aniquiladas en una limpieza étnica sin precedentes- los miembros de las SS estuvieron a cargo de todo tipo de “operaciones de castigo” en los territorios ocupados. La responsabilidad de estos nazis de élite eran los campos de concentración, las ejecuciones y torturas en los países ocupados, desde Normandía hasta el Volga.

Según las normas internacionales establecidas, los criminales de la guerra no tienen, ni nunca tendrán, perdón. Son buscados y perseguidos hasta nuestros días en el mundo entero. Pero resulta que en Letonia nunca hay “pruebas suficientes” para juzgar a estos elementos.

Mientras tanto, los cazadores de los nazis del famoso Centro Simon Wiesenthal aseguran que disponen de pruebas muy concretas contra más de cuarenta presuntos verdugos nazis que viven tranquilamente en Letonia, gozando de respeto oficial y de sustanciosas pensiones. El caso más escandaloso es Konrad Kaleis, considerado un importante criminal de guerra por haber exterminado a 30.000 judíos letones, la tercera parte de las víctimas del holocausto en la región. Se encuentra actualmente en Australia, mientras que Letonia no se apresura a pedir su extradición o juzgarle en rebeldía, a pesar de todas las presiones internacionales.

Al mismo tiempo se persiguen y se juzgan sin piedad los antiguos miembros de la resistencia anti-alemana, especialmente por haber matado durante la guerra a algún nazi letón. Esto último obligó al antiguo presidente ruso, Boris Yeltsin, a rechazar una alta condecoración que le otorgó el gobierno letón el pasado mes de febrero. “La conducta del régimen ofende la memoria de millones de víctimas del fascismo”, argumentó Yeltsin en su rechazo.

Añadiremos que las manifestaciones de seguidores de Hitler, que tienen como escenario incluso los barrios céntricos de Riga, son prácticas habituales, igual que la participación en estas conmemoraciones de conocidos políticos letones. Y cada vez suscitan más oleadas de protestas internacionales, especialmente por parte de organizaciones judías.

Desgraciadamente, no son sólo estas prácticas las que indignan a la opinión pública. Los territorios que, hoy en día, componen la república de Letonia pertenecieron desde el siglo XVIII al imperio ruso, sin contar un corto período de independencia que gozaron los letones en los años 20-30 del siglo XX. Por eso, no es de extrañar que casi la mitad de la población actual no sean letones, sino rusos o representantes de otros pueblos que formaban el imperio. Muchos de ellos se encuentran actualmente en una situación precaria. Al recuperar su independencia en 1991, Letonia aprobó una serie de leyes que dividen a la población en dos categorías y niega a una gran parte de los ciudadanos de procedencia rusa sus más elementales derechos políticos y sociales.

Una situación muy polémica en un país que se declara prooccidental y que pretende entrar, cuanto antes, en la OTAN y la Unión Europea.

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