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La tragedia de Rusia

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Hemos leído estos días en la prensa española opiniones muy raras sobre las elecciones en Rusia. Unos dicen que sus resultados refuerzan el poder presidencial, como si antes este poder tuviera algún límite. Otros insisten en que ahora Putin podrá ser reelegido sin problemas, como si tuviera algún problema antes para perpetuarse en el poder.
 
No obstante, la opinión más rara la escuché en Radio Nacional: en Rusia no existen alternativas al actual presidente. Esta opinión la considero un insulto al pueblo ruso, ya que es evidente que un pueblo que dio al mundo genios como Tolstoy o Dostoevski es capaz también –si le dejan– de buscarse presidentes mucho más capacitados que un mediocre ex-agente del KGB, enchufado al poder por el alcoholizado y perverso Yeltsin.
 
Los más atrevidos señalan que los resultados significan una "regresión" para la democracia, pero nadie se atreve decir la verdad: los pocos elementos democráticos que existían en Rusia antes de estas elecciones han sido fulminados. La democracia ya no existe, ni existirá en los próximos decenios en aquel país.
 
Me dirán que esta democracia era bastante precaria y que, por ejemplo, el anterior parlamento no tenía ningún poder. Es verdad. No obstante, desde su tribuna se escuchaban, de vez en cuanto, voces de protesta contra la mala gestión económica, contra la miseria y el hambre del pueblo, contra la guerra en Chechenia. Ahora no se escuchará ni eso, sólo vítores al presidente y a su camarilla.
 
En cuanto a la prensa libre, fue fulminada hace tiempo. Así que de la democracia rusa no queda ni una gota. Al parecer, tras un corto período de experimentos aperturistas, Rusia regresa, viento en popa, a lo de siempre, a lo de toda la vida: a un régimen autoritario donde no hay ni libertades, ni derechos, ni jueces, ni periodistas independientes.
 
No es ningún secreto que la concentración del poder en manos de una persona en cualquier país siempre ha significado una dictadura, lo peor que le puede pasar a una nación. Renace el monstruo totalitario que algunos ingenuos políticos consideraban muerto tras la caída de la Unión Soviética y del comunismo. Y lo hace más fuerte y agresivo que antes. Es un peligro no sólo para los rusos sino para todos los europeos.
 
¡Y qué nadie se engañe con la palabrería pseudodemocrática del presidente Putin! A los bolcheviques también les gustaban estos términos. Cuando mandaban a la gente al paredón, al GULAG o a los manicomios "especiales" decían que estaban cumpliendo la "voluntad del pueblo". Y también tenían elecciones donde siempre ganaba el partido del poder. Porque los demás partidos fueron fulminados un par de años después de la revolución de 1917 en un proceso "democrático" muy parecido al de ahora.
 
¡La historia se repite, señores!

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