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La tragedia rusa

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Se conoce de sobra que el presidente ruso, Vladímir Putin, goza en su país de una popularidad sin precedentes. Sus intentos de hacerse con el poder personal absoluto, su empeño de recuperar el imperio y el poderío militar de la antigua Unión Soviética y hasta sus ataques contra los medios de comunicación, son aplaudidos por la mayoría de la población. Hoy en día, está bastante claro que los caóticos experimentos democráticos que han sacudido a Rusia a lo largo de los últimos 15 años tocan a su fin. El lema de Putin es “dictadura de la ley”, una ley, por supuesto, elaborada por él mismo.

No es de extrañar que el sufrido pueblo ruso, engañado por las promesas de reformas, arruinado y acosado por la corrupción, adore a un líder que le parece honesto y justo. Y hasta le pide “mano dura”, especialmente con los que están considerados como principales culpables de sus desgracias: un puñado de “oligarcas” que se aprovecharon del régimen del alcoholizado Yeltsin para hacerse con enormes fortunas a costa de la miseria de los demás.

Tampoco es de extrañar que en las primeras filas de los admiradores de Putin estén los veteranos comunistas y nacionalistas, nostálgicos del totalitarismo y obsesionados con devolver a Rusia su poderío bélico. Para ellos, en su mayoría antisemitas, Putin es también abanderado de la lucha contra el “complot judeo-masónico”, ya que varios “oligarcas” son de origen judío.

Lo que si que extraña es el apoyo incondicional que prestan al régimen putiniense, a pesar de sus constantes manifestaciones autoritarias, intelectuales y destacadas personalidades conocidas por sus convicciones liberales y aperturistas. Se trata, en primer lugar, de los llamados demócratas de la nueva generación. El liberal ruso más destacado, Anatoli Chubais, apoyó, por ejemplo, la reciente desarticulación del grupo periodístico independiente “Media-Most”. Sus compañeros, líderes del bloque más progresista en el parlamento, Boris Niemtsov e Irina Jakamada, han sido recibidos recientemente por el presidente. Salieron eufóricos y más putinistas que el mismo Putin.

Y, para colmo, Mijail Gorbachov, el padre de la “perestroika” y premio Nobel de la paz, acaba de acusar a occidente de “no comprender” a Putin. Este último, según “Gorbi”, no hace nada nocivo para la democracia, simplemente lucha, de forma abnegada, contra el “caos en el país”. Otro premio Nobel, el gran escritor Alexánder Solyenitsin, que en su día relató al mundo los horrores del comunismo, idolatra a Putin. Para él, es un hombre de “pensamiento vivo” que posee altas cualidades humanas difíciles de apreciar. En sus últimas intervenciones públicas, el escritor pidió acabar con la “catástrofe” que, según él, ha sido la transición democrática, revisar las privatizaciones y... restablecer la pena de muerte. Aunque, por el momento, sólo se aplicara para los “bandidos chechenos”.

Así que la sociedad ve en Putin un “luchador contra el caos”, tal y como, por ejemplo, veía la sociedad alemana a Hitler a principios de los años 30. La palabra “democracia” todavía forma parte del vocabulario político ruso, pero la utilizan más bien para tranquilizar a los socios extranjeros.

La verdadera tragedia de Rusia no son los actuales problemas económicos y sociales que, sin duda, serán superados, sino la mentalidad conservadora y cerrada de sus ciudadanos, que siguen creyendo que su patria es distinta y que los principios universales de libertad y democracia no le sirven, ni le servirán en el futuro.

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