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Las prioridades de Putin

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¿Cúales son las prioridades del presidente ruso, Vladímir Putin? ¿Será que desea combatir la miseria en su país, donde los trabajadores sobreviven con salarios de menos de 10.000 pesetas al mes? ¿O prefiere, primero, solucionar la desgracia de más de un millón de niños vagabundos, o aumentar las pensiones a los mayores que no tienen ni para pan tras trabajar toda su vida para el estado comunista? ¿No será que, de primeras, prefiere combatir la mafia o terminar la guerra en Chechenia?

Por supuesto que no. Hay asuntos que, al parecer, el mandatario considera más importantes. Lo primero es fortalecer su propio poder y perpetuarse al frente del Estado. Ya ha hecho bastante en este sentido. Ha dominado y amaestrado a los caciques locales que disputaban una parte de su poder. Ha tomado el control de todas las estructuras del Estado, colocando en los puestos claves a sus compañeros del KGB y a sus leales paisanos de San Petersburgo. Ha fulminado a la oposición y amordazado la prensa liberal.

La última medida ya ni se necesita en Rusia, porque el espacio informativo está completamente cubierto… por el aparato propagandístico del régimen. Su labor es para envidiar: en un año ha convertido a Putin en un ídolo del pueblo ruso. Su popularidad se compara sólo con la de Stalin. Y no en vano: esta siniestra similitud es cada día más evidente.

Pero algo le faltaba al Estado ruso en su camino hacia la recuperación de las peores tradiciones del régimen totalitario. Ese algo ha sido la Ley Marcial, un atributo casi obligatorio para este tipo de regímenes. La falta ya está corregida: la Duma, el parlamento ruso, se ha apresurado a aprobar, por unanimidad, el proyecto presidencial de la nueva ley. Desde ahora, el jefe del Estado tiene poderes para proclamar en Rusia entera, o en parte de su territorio, el estado de sitio, siempre y cuando lo vea necesario.

La ley prevé la imposición de la censura militar, la prohibición de usar el transporte privado, organizar mítines y manifestaciones, salir al extranjero. Así que es todo lo necesario para que el nuevo “padre de la nación” pueda garantizar una “vida feliz” a sus súbditos.

Pero, no vamos a demonizar al presidente. Es un hombre con suerte: obtiene lo que desea sin muchos esfuerzos. Por ejemplo, la restauración del imperio soviético. Putin no ha movido ni un dedo para que el flamante líder moldavo, único presidente comunista de Europa, Vladímir Voronin, visitara Moscú. Llegó con el rabo entre las piernas, maldiciendo a los demócratas anti-rusos que gobernaban su país independiente durante los últimos diez años.

“¡El sol de Moldavia nace en Rusia!” –esta frase es la que más se ha repetido estos días en Moscú–. El “camarada” Voronin está dispuesto a entrar en la unión político-militar de Rusia y Bielorusia, el prototipo del futuro imperio. Su primera preocupación es proclamar el ruso como segunda lengua oficial en la república romanoparlante. Dicen que al escuchar esta noticia, a los nacionalistas rusos nostálgicos del pasado se les saltaron las lágrimas.

Mientras tanto, ya se ha decidido que el petróleo y el gas ruso pronto saldrán con destino hacia Moldavia para fortalecer la “indestructible amistad entre los dos pueblos hermanos”. Durante su estancia en la capital de la metrópoli, Voronin ha mantenido reuniones con todos los altos jefes militares rusos. El combustible tiene su precio. Moldavia ocupa un lugar estratégico, muy adecuado para “controlar” a los futuros miembros de la OTAN en la Europa del Este.

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