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Lieberman y el futuro de Rusia

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La intervención Joseph Lieberman en la reciente Conferencia de seguridad de Múnich nos parece un verdadero disparate. El senador estadounidense habló en defensa de la democracia. Quien fuera candidato demócrata a la vicepresidencia de Estados Unidos dijo que “debemos continuar presionando a Rusia para que amplíe las libertades democráticas y de mercado” y defendió con uñas y dientes al oligarca ruso-israelí, Vladímir Gusinski, perseguido actualmente por sus presuntos delitos financieros y detenido en España.

Nos parece que el fracasado político americano es la persona menos adecuada para dar consejos a Europa, ni a nadie, sobre Rusia. Demasiado se conoce el patético apoyo moral y financiero que prestó la Administración demócrata al perverso y criminal régimen del antiguo presidente ruso, Borís Yeltsin, llamado “my friend Boris” por el ya ex presidente Clinton. Durante la campaña electoral en Estados Unidos, los republicanos manifestaron --con toda la razón-- que este apoyo no contribuyó a la democracia de Rusia, sino que actuó en su perjuicio. Lo que apoyó el partido de Lieberman, según el mismísimo Bush, fue la corrupción y el crimen organizado en Rusia. Y eso repercutió negativamente en la imagen de Estados Unidos ante sus propios ciudadanos. Lieberman tendría que callar.

Tampoco es muy oportuno por su parte presentar a Gusinski como abanderado de la libertad de expresión en Rusia. Es más bien un ejemplo de cómo la apertura informativa promovida por el antiguo presidente, Mijail Gorbachov, fue utilizada por individuos sin escrúpulos en los tiempos de Yeltsin: utilizada y, por supuesto, pisoteada por las luchas mafiosas en favor de los intereses de estos elementos. El apoyo de Lieberman a Gusinski --que, al parecer, se debe más bien a la solidaridad judía-- es todavía más inoportuno porque el destino del oligarca está actualmente en manos de la justicia española, que no tiene nada que envidiar a la de Estados Unidos y que no necesita consejos de forasteros.

Sea como sea, el futuro de Rusia no depende de Lieberman, ni de las presiones estadounidenses. Europa tampoco puede hacer mucho en estas circunstancias. No se trata de Libia, ni de Serbia. Su potencial humano e intelectual, su desarrollo técnico, científico y económico le permite llevar una política independiente. Guste o no guste a los que somos demócratas occidentales, lo que tiene que hacer ahora Rusia es salir cuanto antes de este profundo abismo en que le dejó el régimen yeltsinista con el beneplácito de la administración Clinton. Y lo va hacer a su manera, tal y como pueda.

Por cierto, en la misma Rusia, además del polémico Gusinski, hay demócratas de verdad. Hacen todo lo posible para que Rusia vaya por el camino democrático. Ofrecen una alternativa, y en muchas ocasiones con éxito, a los métodos dictatoriales, aunque estos últimos parezcan más eficaces para recuperar rápidamente el potencial del país. La lucha política por el futuro continúa en Rusia y todavía nada está decidido.

Lo que sí saben los rusos con certeza es que los planes de la llamada “guerra de las galaxias”, pregonados tanto por los demócratas como por los republicanos estadounidenses, no ayudarán en nada a los partidarios del desarrollo democrático, libre y civilizado de su país. Los “halcones” del Ejército, los nostálgicos de un régimen dictatorial fuerte, los comunistas y nacionalistas, ya hablan de una “amenaza externa”. Ante esta amenaza cada día se oye más alta su voz para “dejar los juegos democráticos” y volver a la política de antes, cuando Rusia o la Unión Soviética “sabía dar la respuesta adecuada” a cualquier plan armamentista de Estados Unidos.

¿Sabe Lieberman algo de todo esto?

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