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Los medios de manipulación

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Ciertos analistas ven en la persecución por fraude del magnate ruso de la comunicación, Vladímir Gusinski, un ataque contra la libertad de prensa. Por supuesto, este último término se entiende en su variante civilizada como uno de los principales derechos democráticos. Sobra recordar que, en una sociedad moderna, la prensa cumple un papel primordial y no sólo para informar sino también para descubrir fallos de esta sociedad.

La trampa consiste en que en Rusia no hay “sociedad moderna” y el término “libertad de prensa” allí no tiene el mismo contenido que en Occidente. El presidente del Comité Mundial para la Libertad de Prensa, James Ottawa “junior”, declaró recientemente, tras su visita a Moscú, que los medios rusos están exclusivamente al servicio de los “oligarcas”, sus dueños. Y su segundo fallo, según Ottawa, es el bajo nivel profesional. De ahí proceden numerosas tergiversaciones, a veces intencionadas, a la hora de informar sobre la realidad nacional e internacional.

El prestigioso diario Segodnia, propiedad de Gusinski, publicó tras el asesinato de dos taxistas en Madrid, en noviembre de 1995, por emigrantes magrebíes, que el crimen fue cometido por... “fascistas para conmemorar el aniversario de la muerte de Franco”. Otro medio, la carísima revista de cotilleo Kurier, dedicada a los “nuevos ricos” rusos, explicó que el matrimonio de la infanta Elena con un “magnate financiero francés” fue motivado por la “precaria situación económica de la monarquía española y los deseos de mejorarla”. Por la misma razón, “fueron rechazadas las ofertas de varios modistos” y la “princesa” tuvo que coser, ella misma, su traje de boda...

Estas anécdotas pueden parecer hasta graciosas. Pero lo más importante de lo que dijo Attawa es que los principales medios rusos están en manos de “oligarcas”. Son de Boris Berezovski, antiguo “rasputin” de Yeltsin convertido en opositor; Vladímir Gusinski, multimillonario y actualmente preso en Soto del Real; Rem Viagirev, dueño del monopolio de gas “Gasprom” y Yuri Lujkov, alcalde-dueño de Moscú. Los medios son sus instrumentos de manipulación y chantaje en la lucha por intereses financieros.

¿Qué servicio han prestado a la sociedad rusa cuando en la campaña presidencial del 1996 se unieron para apoyar al senil, alcoholizado y corrupto Yeltsin? El único móvil era una recompensa prometida: enormes préstamos y otras ventajas. ¿Y la campaña de Putin, cuando gracias a los mismos métodos un desconocido soplón del KGB se convirtió, en un día, en el único candidato real a la presidencia?

Gusinski no es ninguna excepción. No dudó en crear su propio servicio de Inteligencia, presidido por un antiguo general del KGB. Y no fue para investigar los crímenes en Chechenia o denunciar la falta de democracia. El servicio se dedicaba a espiar la vida privada de altos funcionarios para recoger materiales comprometedores, muy útiles a la hora de obtener beneficios mediante el chantaje.

Además, las fuentes de financiación de los principales medios privados son muy dudosas igual que la historia de sus privatizaciones. Por ejemplo, Gusinski adquirió el canal televisivo de San Petersburgo, “Russkoye Video”, sólo por 5 mil dólares (925.000 pesetas). El trato fue hecho, por supuesto, a base de “relaciones” privilegiadas con ciertos responsables de las privatizaciones. ¿Habrá en el mundo una televisión más barata?

Hace poco se dio a conocer que otra televisión, la NTV, una de las tres más importantes de Rusia, pertenece a... Gibraltar. No es de extrañar que, en este ambiente, las mafias se mueven como peces en el agua. El antiguo director de la principal televisión rusa ORT, Vladislav Listiev, terminó con un tiro en la nuca por sus divergencias con los mafiosos por la publicidad.

Los rusos ya están acostumbrados a esta “libertad de mentir”. Así que, cuando salen a la luz los verdaderos crímenes, nadie les presta atención. Hace poco, un periódico se atrevió a publicar que el entonces primer ministro, Víctor Chernomirdin, había robado unos 4.000 millones de dólares (740.000 millones de pesetas). Esta información no suscitó ningún interés en los órganos judiciales, ni en el parlamento, ni en la opinión pública rusa. Sin embargo, la corrupción de Chernomirdin fue confirmada por medios occidentales y, hasta, por el mismísimo George Bush, hijo.

Así que nuestra última pregunta es: ¿Se puede hablar en serio de la prensa en Rusia? ¿Merece nuestra solidaridad y apoyo?

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