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Los pequeños indocumentados de Asturias

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Con tanta polémica acerca de la ley de Extranjería, con tantos ataques contra el gobierno y la “solidaridad” con los intrusos-violadores de la ley en Barcelona, Murcia y Almería, se nos ha olvidado por completo un pequeño drama humano en Asturias que también está relacionado con el tema de la emigración.

No, no, señores, ahí, en los pueblos mineros, nadie ocupa iglesias o amenaza con morir de hambre, ni pide a las ONG toneladas de papel higiénico. Aunque las emociones y, sobre todo, las preocupaciones, abundan.

Se trata de nueve huérfanos rusos afincados en el Principado desde 1997. Su historia se conoce bastante en España. En agosto de 1999 se negaron a volver a su patria, simplemente porque querían vivir y no morir de hambre, frío o enfermedades. No quisieron regresar al infierno que son los establecimientos infantiles rusos, comparables con los campamentos de exterminio nazis o bolcheviques.

Pero lo más curioso es que, a pesar de todo el ruido periodístico y el interés manifestado en su tiempo por varias personalidades, la situación sigue igual: el futuro de estos niños es incierto, ya que hasta ahora no tienen papeles para vivir legalmente en España.

Recordaremos que fueron enviados a Asturias por el orfanato ruso donde vivían. Tras dos años de estudios, cuando los niños estaban ya completamente integrados en España, llegó una orden para que volvieran a Rusia. Una orden sin lógica ni pretexto alguno como todo lo que sale de aquel país dominado por el caos, la corrupción y las mafias.

Hay sospechas de que esta decisión fue tomada en represalia por la negativa de la asociación humanitaria asturiana a pagar en metálico a la dirección del orfanato y limitarse a mandarle una ayuda en comida, ropa y juguetes.

A finales del 1999, la historia adquirió una dimensión de escándalo diplomático. Rusia emprendió gestiones como si de verdad le importara el destino de los niños. De sobra se sabe que en aquel país hay casi 5 millones de niños vagabundos. Viven en la calle, compartiendo la dieta diaria de ratas y perros callejeros. Se dedican a la prostitución, el robo y la mendicidad, mientras que su destino les importa un pito a las autoridades ex-comunistas. La mortalidad infantil en Rusia es cinco veces más alta que en el resto de Europa.

Así que la preocupación farisaica del Kremlin por el destino de estos niños afortunados, bien alimentados y felices en España, sólo puede extrañar. Igual que los disparates de la propaganda oficialista rusa que llegó a acusar a los españoles de haberse apoderado de los niños para explotarles en los trabajos domésticos.

En una campaña cínica y descarada, el Kremlin intentó presionar a las instituciones españolas para que entregaran por la fuerza a los niños. La democracia española no cedió al chantaje. En represalia, Moscú suspendió todos los viajes de los huérfanos rusos a España, invitados por diferentes ONG.

Con la llegada al poder del nuevo presidente ruso, Vladímir Putin, en enero del año pasado, las presiones se han suavizado, pero el problema legal nunca ha sido resuelto. Moscú ofreció a las familias de acogida que se desplazaran a Rusia para tramitar la adopción de los menores. Esta opción resultó bastante incómoda para las familias. No les hacía ninguna ilusión encontrarse a solas con el mafioso sistema burocrático ruso. Pero prepararon todos los documentos necesarios, los enviaron a Rusia en espera de una respuesta y de un viaje. La respuesta nunca llegó.

Caro les costó a las familias asturianas su acto humanitario de acoger a los niños rusos. El nerviosismo, los gastos materiales, las gestiones y la incertidumbre se compensan sólo por la satisfacción de tener en sus casas a personas a quienes devolvieron el derecho a la vida.

Estas familias saben muy bien que el regreso de los niños a Rusia significaría su muerte. Ya no son los mismos pequeños robots acostumbrados a los malos tratos, frío y hambre, que llegaron a España hace más de tres años. Ya son más españoles que rusos y hay que protegerles de la barbarie.

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