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¿Observadores internacionales?

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¡Qué ingenuos somos! Por mucho que conozcamos la historia de la humanidad, al parecer, no nos sirve para nada. Hasta somos incapaces de aprender un axioma: no hay, ni puede haber democracias a medias. La democracia existe o no existe. Y si no existe cualquier elección es un fraude. Es muy fácil de comprender, es igual que una mujer no puede ser medio virgen.

También se sabe que los regímenes totalitarios organizan a veces estas elecciones para burlarse de la humanidad y para que ésta les entregue un certificado de virginidad. Y lo más curioso es que la comunidad internacional a menudo cae en esta trampa, reconociendo la legitimidad de semejantes elecciones, bailando al son de dictadores perversos y criminales.

Nos hace recordar todo esto la noticia de que unos 300 observadores internacionales de la OSCE y del Parlamento Europea se desplazan estos días a Bielorrusia para controlar la “limpieza” de las elecciones presidenciales que tienen lugar en esta república ex-soviética el próximo 9 de septiembre. Nos gustaría decir a estos señores: “No perdáis el tiempo. No habrá fallos en las elecciones. En un régimen totalitario todo está previsto de antemano. Quedaos en casa y mandad mejor el dinero de vuestro viaje a los niños hambrientos de Guatemala. Porque, total vuestra presencia servirá sólo para frenar cualquier movimiento democrático en aquel país”.

En estas elecciones no habrá pucherazo. No hace falta. El presidente saliente y primer candidato a la reelección, el carismático y populista Alexander Lukashenko, “vencerá” limpio. En los 7 años de su poder, prácticamente absoluto, ha tenido suficiente tiempo para lavar el cerebro a la población con la ayuda de los medios de comunicación oficialistas, amordazar la prensa, disolver el parlamento protestón y hasta liquidar fisicamente a los opositores que se resistían demasiado.

Vencerá porque el que se llama “candidato único de la oposición”, el sindicalista Vladímir Gonchárik, es partidario de Lukashenko y forma parte de la “nomenclatura” del Estado: una todopoderosa mafia postcomunista a la que pertenece también el presidente. Hay rumores de que Gonchárik fue nombrado “candidato” por el mismísimo mandatario.

Este último ganará las elecciones porque detrás de él está otro gran “demócrata” de formación estalinista, que es el presidente ruso, Vládimir Putin. Los dos se reunieron estos días y Putin bendijo a su colega con el que puso la primera piedra en la reconstrucción del imperio totalitario soviético, firmando los acuerdos de la nueva unión.

Por cierto, Lukashenko es un ídolo para todos los nacionalistas rusos. Mientras Putin juega a la diplomacia con los líderes europeos, el “batko” (padre en bielorruso, así llaman al presidente sus adeptos) no tiene complejos para meterse con Occidente, echar a los embajadores occidentales de su capital, ni para estrechar los “lazos de amistad” con Saddam Husein y Gadafi.

Es de recordar un artículo publicado recientemente por el semanario nacionalista ruso Zavtra que advertía, de forma poco educada, contra la posible ingerencia occidental en los asuntos de Bielorrusia en caso de repetirse los sucesos de Belgrado de hace un año. “Si la OTAN se atreve a inculcar los principios de su democracia a nuestros hermanos, millones de voluntarios rusos llenarán los bosques y pantanos de Bielorrusia con cadáveres de pederastas ingleses, maricas alemanes, negros americanos y otros elementos que llevan el uniforme de la Alianza Atlántica”.

Esta “perspectiva” sirve, por lo menos, de autoestima a los nacionalistas rusos, pero no podemos encontrar nada para explicar la necesidad de mandar observadores y “legitimar” el vergonzoso espectáculo electoral de Lukashenko.

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