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¿Quién apoya al terrorismo?

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El mundo civilizado tiene, hoy en día, dos opciones: luchar contra el terrorismo islámico o dejar las cosas tal como son. En este último caso habrá que  aumentar drasticamente la producción de ataúdes para las actuales y futuras víctimas del terrorismo. Me arriesgo a parecer politicamente incorrecto, pero lo que he visto, hasta el momento, en Europa no es una lucha antiterrorista sino una pura tomadura de pelo.
 
Me imaginaba que, por lo menos, el reciente holocausto de Madrid enseñaría algo a la opinión pública de este país. Pero nada de nada. Todo sigue igual. Hasta tal punto que los medios de comunicación califican, hoy en día, con la palabreja “crimen” la legítima liquidación del genocida  Yasin, el número dos, tras Adolfo Hitler, en teorías y prácticas de exterminio de los judíos. Y todo esto en un ambiente de odio hacia Israel, el único país democrático de Oriente Medio y el baluarte mundial de la lucha antiterrorista.
 
Pero no me gustaría hablar de la opinión pública, víctima, en muchos casos, del fracaso escolar, ni tampoco de ciertos ciudadanos de este país,  que van a Palestina a organizar orgías de “solidaridad” con el terrorista Arafat. Lo que me importa más son las personas que entregan a este asesino de raza  el premio Nobel de la Paz y quienes  le están suministrando dinero y todo tipo de material para sus actividades criminales. Los mismos  que armaron hasta los dientes a la llamada policía palestina, conocida también como el grupo terrorista “mártires de Al-Aqsa”. Su  especialidad es ofrecer, de día, honores militares a los emisarios de la Unión Europea y, de noche, matar a  niños israelíes.
 
Me gustaría también preguntar a los políticos europeos ¿por qué y para qué han convertido los Balcanes en un foco del terrorismo en Europa? ¿Para qué han dejado instalar en Bosnia, en los años 90, y en Kosovo, posteriormente, bases de Al Qaeda? En especial, sería interesante saber: ¿por qué ciertos  gobiernos social-demócratas  han convertido a los serbios de Kosovo en conejillos de India para que los terroristas puedan entrenarse con ellos  antes de realizar sus grandes planes en Al-Andalus y otros sitios? 
 
Hay más preguntas. Por ejemplo, ¿para qué las autoridades británicas han concedido asilo político al terrorista internacional, Ahmed Zakaev? ¿Por qué le reciben los diputados del Bundestag como a un invitado de honor? Quizá no saben que este experto en degollar a sus víctimas coordina las actividades de los terroristas chechenos en el mundo entero. Es una pena que los soldados paquistaníes no hayan podido estos días coger vivos a dos chechenos caídos en la frontera con Afganistán, miembros de la guardia personal de Bin Laden.
 
Hubieran podido contar a cuantos militares europeos y americanos  habían matado cumpliendo las órdenes de Zakaev. Matado, por cierto,  con las armas compradas gracias al dinero recogido en España por la generosidad de varias ONGs de izquierdas que patrocinaron una amplia campaña de solidaridad con los terroristas chechenos.
 
Por mucho que se reunan los ministros europeos en un estéril esfuerzo antiterrorista no cambiarán nada mientras no se rectifique  radicalmente la política y la mentalidad europea, mientras no se aprenda de una vez para siempre que el tema del terrorismo no puede ni debe servir  para los juegos políticos o ideológicos, ni para intereses conyunturales, especialmente electorales.
 
Si eso no ocurre de forma inmediata, habrá que concentrarse en la producción de ataúdes.  

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