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Rusia recupera una tradición estalinista

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Un chiste ruso habla de tres cartas anónimas que recibió el temido servicio secreto KGB, hoy en día, FSB, en diferentes etapas de la historia del país. En los años setenta, tiempos del comunismo brezneviano: “Mi vecino, el ciudadano Ivanov, tiene, al parecer, ingresos sospechosos. Por la noche se encierra en su apartamento y come caviar. Os pido investigar su caso”. En los años ochenta, tiempos de la “perestroika” gorbachoviana: “Ivanov sigue teniendo ingresos sospechosos. Come patatas con cebolla”. En los noventa, tiempos de Yeltsin: “Mi vecino Ivanov, como ya les he informado en varias ocasiones, disfruta de dinero ilegal. Se encierra y come… algo”.

Por supuesto, esta historia no se refiere sólo a la penuria alimenticia y a la miseria en la que se hundió Rusia en el último decenio, sino también a la tradición de espiar a sus vecinos y presentar denuncias ante los órganos represivos. Una costumbre propia de cualquier régimen totalitario que mima los sentimientos más bajos del ser humano. En Rusia dicha tradición data de los tiempos del “padre” Stalin, cuando cientos de miles de personas fueron encarceladas y murieron en los campos de concentración por las denuncias anónimas de sus vecinos, compañeros de trabajo y hasta familiares. Estas denuncias le ayudaban al régimen bolchevique a mantener el ambiente de terror y aplastar cualquier signo de disidencia en el país.

“El ciudadano Petrov bostezó mientras los demás obreros del taller escuchabamos con entusiasmo y lágrimas en los ojos el genial discurso radiofónico del adorado padre de los pueblos, camarada Stalin, dedicado a los problema de las cosechas de cereales”. Una carta anónima de este tipo era suficiente para que Petrov fuera declarado “enemigo del pueblo” y condenado a 10 años de trabajos forzosos. Una ley de 1968 prohibió al KGB investigar el contenido de las cartas anónimas, aunque en la práctica lo seguía haciendo. Recientemente las autoridades rusas decidieron legalizar de nuevo este tipo de denuncias. Un decreto ley titulado “Sobre el estudio de las propuestas, declaraciones y quejas de los ciudadanos presentadas ante los órganos del FSB” fue aprobado por el gobierno. La normativa resucita la antigua tradición estalinista y obliga a los servicios de seguridad a investigar en detalle las cartas anónimas. El decreto que apareció junto con muchas otras leyes que recuperan lo peor del pasado bolchevique, motivó las protestas de las organizaciones de derechos humanos. Un destacado demócrata ruso, Lev Ponomariov, opina que desde ahora cualquier persona puede ser perseguida, detenida y pasar meses en la cárcel antes de que los “órganos competentes” se enteren de que se trata de una denuncia falsa, cuyo autor -algún elemento envidioso y vengativo- nunca será encontrado, ni castigado por sus calumnias.

La ONG “Por los Derechos Humanos”, encabezada por Ponomariov, presentó una denuncia contra este decreto ante el Tribunal Supremo de Rusia. La querella fue rechazada estos días, tras varios meses de demora, y la normativa fue considerada como “muy útil” para el Estado. Ahora los defensores de los derechos humanos quieren presentar una queja ante los tribunales internacionales. Lo harán si antes alguien no les denuncia como “enemigos del pueblo”.




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