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Shevardnadze y el “Liberty Institute”

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Uno de los políticos más listos del mundo es, sin duda ninguna, el presidente de Georgia, Gueorgui (ex-Eduardo) Shevardnadze, de 74 años. Su capacidad de cambiarse de chaqueta y, al mismo tiempo, de hablar de sus “firmes principios ideológicos y morales” es sorprendente. El que, en su día, enviaba al GULAG y torturaba a los disidentes georgianos de la época comunista, siendo ministro del Interior, se proclama ahora luchador por los “valores occidentales”. El que fue posteriormente miembro del máximo órgano del criminal poder bolchevique, su buró político, se considera, hoy en día, demócrata y liberal. El que era ateo de toda la vida se convirtió en un ultra-ortodoxo y hasta cambió de nombre, porque Eduardo le sonaba demasiado católico.

Pero, al parecer, el único Dios de este personaje es su mentira. Y su único deseo es perpetuarse en el poder. Para conseguirlo necesita dinero, mucho dinero. La vecina “madre Rusia” ya no le da nada, conociéndole de sobra. Rusia se limita a acoger a los emigrantes georgianos, casi el tercio de la población, que huyen del hambre y de la miseria más profunda. Así Shevardnadze necesita la máscara de “bueno” y de “demócrata” para liar a Occidente, especialmente a Estados Unidos. Aunque resulta que los estadounidenses no se han mostrado esta vez tan “ingenuos” como lo imaginaba ex-Eduardo. Y es que, junto con el dinero, mandaron a unas personas “muy incómodas” para su régimen.

Se trata del personal del llamado “Liberty Institute”, financiado por el gobierno de Estados Unidos y la Fundación Soros. Y este personal suele meter las narices por todas partes e informar posteriormente a la opinión pública internacional sobre el tema de la democracia y los derechos humanos. Así que, en vez de elogiar el deseo de Shevardnadze de entrar en la OTAN y su “amor” por Washington, empezaron a publicar ciertas verdades muy desagradables para el converso bolchevique.

Los americanos, ayudados por demócratas locales, sacaron numerosos casos de corrupción y se atrevieron a insinuar que el régimen de Shevardnadze es uno de los más corruptos y perversos del mundo. Luego dudaron de la misma existencia en la república de lo que en Occidente se llama “derechos humanos”. Asimismo, criticaron la intransigencia del poder hacia la oposición y las represalias policiales a las que están sometidos todos los críticos de Shevardnadze. Pero lo que agotó la paciencia del mandatario georgiano fue la conclusión de Liberty Institute que ponía en duda la mismísima voluntad del régimen de construir una sociedad democrática.

En estas circunstancias las autoridades georgianas actuaron contra el organismo internacional igual que actúan contra su propia disidencia. Su sede fue “visitada” por un pelotón de matones uniformados. Resultado: la oficina destrozada, su personal hospitalizado después de haber recibido palizas “por haber calumniado al pueblo georgiano”. Y hay que decir que los americanos han tenido mucha “suerte”, porque la nueva legislación de este país prevé una pena de 5 años de cárcel para todos los que “atentan contra la dignidad de los funcionarios públicos o del jefe del Estado”. Por supuesto, la legislación no ve ninguna diferencia entre “atentar” y “decir la verdad”.

Además, el gobierno se adjudicó recientemente el derecho de controlar las actividades de cualquier organización no gubernamental, nacional o internacional, “por si tiene vínculos con Bin Laden”. En la práctica se trata de cerrar medios de comunicación independientes y encarcelar a los opositores. Así pasó, por ejemplo, con la televisión “Rustavi 2” que se atrevió también a hablar de la corrupción en la cúpula del poder.

Los analistas internacionales explican el endurecimiento de la represión en Georgia por los resultados de las recientes elecciones municipales en las que perdieron los candidatos oficiales. Así que el mastodonte estalinista teme por su poder y recurre a lo de siempre: a la represión.

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