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Tres años de la era putiniense

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Han pasado tres años desde que un individuo completamente desconocido y gris, creado y amaestrado en la oscuridad de la “gestapo” KGBista soviética, subiera a la cúpula del poder kremliniano. El nombramiento del teniente coronel Vladímir Putin en agosto de 1999 como primer ministro de Rusia fue considerado el “eltsinazo” de turno, o sea, uno de los disparates del antiguo presidentes que, entre borracheras y enfermedades, era capaz de recurrir a cualquier cosa en un intento de prolongar su agonía política.

No obstante, los rusos de la calle defraudados con los políticos tradicionales, tanto reformistas como conservadores, le recibieron con esperanza. Unos soñaban con que podría poner fin a las mafias y a los oligarcas, al hambre y al caos, a la miseria y la inseguridad ciudadana. Otros pensaban que iba a devolver al pueblo ruso su dignidad nacional. Los terceros sólo esperaban que les aumentara el salario o la pensión para poder sobrevivir en los tiempos más turbulentos de la historia contemporánea de Rusia.

Tres años después, la mayoría de los rusos está completamente defraudada con el gobierno de Putin, escribe el periódico digital moscovita Grani.ru. Lo único que ha hecho a lo largo de todos estos años es acomodarse en el poder para seguir gobernando mucho tiempo sin problemas. Y es que la elección de un mandatario en Rusia no depende de la voluntad de los electores. Depende sólo de su capacidad de controlar los fondos del Estado, la prensa y la televisión, a los diputados del parlamento y a los gobernadores de las regiones. Por eso, lo que hizo Putin fue colocar a la gente de su confianza en los puestos claves del Estado. Así, sus paísanos y amigos de San Petersburgo y sus colegas del KGB controlan, hoy en día, todas las esferas estratégicas del país.

Y lo hacen sin pena ni gloria, porque los mismos problemas del régimen yeltsinista siguen sin solución ninguna. Los oligarcas y las mafias dominan como antes la economía nacional. Los beneficios obtenidos por la venta de materia prima quedan en los paraísos fiscales. Mientras tanto, la industria sigue medio paralizada por la falta de inversiones. Putin ni siquiera limpió el aparato del Estado de los funcionarios corruptos del régimen anterior. Al parecer, los prefiere a cualquier persona nueva que pueda traer ideas renovadoras. Así, la corrupción sigue prosperando en Rusia.

Pero lo más sorprendente es su política hacia Chechenia. Primero, pudo en unos meses destruir el ejército rebelde y someter a su control el territorio de la autonomía. Eso cuando necesitaba una victoria rápida para su carrera política. Pero desde entonces no hace nada para acabar con los focos de la resistencia, ni para poner fin a las actividades de los líderes de la guerrilla. Es todavía más sorprendente porque la comunidad internacional últimamente hace caso omiso a lo que sucede en Chechenia. Así que Putin no tiene impedimentos para terminar el conflicto, ya sea mediante negociaciones o por la fuerza. No obstante, no lo hace. ¿Por qué? El comentarista ruso, Ivan Goriaev, considera que el poder necesita un foco de tensión permanente para justificar sus principales fracasos en la gestión del país.

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