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Un ejército corrupto

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Tras la caída del comunismo en Rusia, a principios de los 90, los antiguos funcionarios bolcheviques se vieron absolutamente libres para proceder a lo que soñaban toda su vida: hacerse con los bienes del Estado. Y así fue. La corrupción alcanzó niveles fantasmagóricos. Las fábricas y las minas se “privatizaron” por dos duros igual que yacimientos minerales y campos petrolíferos. Las fortunas multimillionarias se hicieron en dos semanas. Ese fenómeno se conoce como el “milagro ruso” aunque, por supuesto, la corrupción no tiene nada de milagroso.

Los jefes militares miraban con envidia a los civiles. La explotación de tanques y aviones militares no proporciona “divisa fuerte”, ni nada, sólo gasta gasolina. Pero uno los puede vender al extranjero, por lo menos, como chatarra (los militares rusos no pueden vender armas como tales ya que es prerrogativa del organismo especializado) y de esta forma mejorar su situación económica. Así actuó el antiguo jefe de la Armada del Pacífico, el almirante Igor Jmélnikov. A mediados de los 90 vendió a Corea del Sur los portaaviones “Minsk” y “Novorossiysk”. La “chatarra” además de ser seminueva fue equipada con modernísimos aparatos electrónicos y el armamento más sofisticado de carácter secreto. El almirante declaraba en público que el dinero por los barcos sería invertido en la construcción de viviendas para los oficiales de la Marina, pero desapareció, al parecer, en la cuenta privada de este militar.

El almirante fue procesado por su delito. Pero en el imperio corrupto del tristemente célebre Yeltsin cualquier proceso de este tipo se convertía en una burla. El caso fue cerrado. No obstante, estos días fue reabierto por la Fiscalía Castrense para ser investigado en profundidad. Y es que, además de portaaviones, el almirante Jmélnikov vendía como chatarra armas a otros países. Por ejemplo, a Corea del Norte vendió cinco helicópteros modernos MI-8T y otro armamento.

Además de Jmélnikov, figuran en el caso otros altos mandos del Estado Mayor y hasta el propio antiguo ministro de Defensa, Pavel Grachov. Este último tiene el apodo popular de Pavel el Mercedes, ya que en la misma época vendía armas del Ejército para hacerse con una colección de estos coches. Un jóven periodista del periódico Moskovski Komsomolets, Dmitri Jólodov, quien investigaba el caso, murió en un atentado cuyos autores nunca han sido encontrados.

En general, Rusia, hoy en día, es un enorme mercado negro de armas. Los peces gordos de la mafia las venden al extranjero, especialmente a todo tipo de guerrillas africanas. Actúan en las altas esferas del Estado. La mafia de poca monta las compra a los suboficiales, encargados de depósitos de armas distribuidos por toda la inmensa geografía rusa. Los precios no son altos. Un “kaláshnikov” se compra por 500 euros. Están en venta también pistolas TT y PM, así como lanzagranadas y bombas de mano.

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