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Un nuevo show político

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Sólo hace un mes, todo parecía idílico en la vida política rusa. La llamada oposición parlamentaria, compuesta en su mayoría por los comunistas, tenía una especie de luna de miel con el presidente, Vladímir Putin, y su Gobierno. Aplaudía la política putiniana encaminada a restaurar el imperio totalitario soviético: su cruel guerra en Chechenia, el militarismo creciente, los ataques contra la libertad de expresión, la nostálgica reanimación del himno bolchevique, etc.

Mientras los líderes comunistas se frotaban las manos de alegría al ver cumplidos sus sueños nostálgicos, la base del partido y la población, en general, no se sentían tan felices. Y es que la situación económica y social en Rusia no ha mejorado en el año de mandato de Putin. Más al contrario: el nivel de vida sigue cayendo y la protesta social aumenta. En estas condiciones, la cúpula comunista se ha visto obligada a recordar que representa los intereses de las “masas trabajadoras”. En su empeño por demostrarlo a sus electores ha iniciado una moción de censura contra el Gobierno del primer ministro, Mijaíl Kasiánov. Según los observadores, ha sido un gesto puramente demagógico, ya que el PC no puede ni quiere derribar al Gobierno.

Pero esta moción, que debe ser votada el próximo día 14, ha sido apoyada inesperadamente por el propio partido presidencialista, “Edinstvo” (Unidad), compuesto por altos funcionarios del Estado. Así, la votación contra el Gobierno puede prosperar.

La maquiavélica decisión de “Edinstvo”, tomada sin duda con el beneplácito del mismo Putin, le proporciona al presidente grandes posibilidades para la maniobra política. La moción le otorga no sólo la libertad de deshacerse del gobierno, echándole la culpa de todos los fracasos económicos, sino también la oportunidad de acabar con el mismo parlamento. La Constitución rusa le da este derecho.

La disolución de la cámara legislativa permitirá a Putin limpiarla para siempre de diputados de grupos minoritarios, especialmente de los democráticos, muy críticos con la obsesión presidencial de restablecer el pasado. Con este propósito, el máximo dirigente ruso ya tiene preparada una nueva ley que sólo permite la participación electoral de grandes partidos políticos: los presidencialistas, comunistas y nacionalistas. Un parlamento compuesto sólo por ellos permitirá a Putin acabar con la herencia liberal del anterior presidente, Boris Yeltsin.

En cuanto al Gobierno, Putin pretende con su caída concentrar aún más el poder en sus manos. El periódico moscovita “Grani” señala que está deseoso de acabar con los hombres de Yeltsin, la llamada “vieja guardia”, todavía muy influyente en el Ejecutivo. Será sustituida por el “equipo de San Peterburgo”, compuesto por amigos personales y colegas de Putin, especialmente antiguos agentes del KGB.

Pero lo más evidente es el deseo del presidente de mostrar al pueblo que es un gobernante activo y capaz, por lo menos, de castigar a los “malos”. Por cierto, Putin no es nada original en esta política. Su antecesor, Yeltsin, hacía una maniobra muy parecida. Hubo temporadas en que aparecía cada tres meses, tras sus largas enfermedades o borracheras, sólo para anunciar cambios de Gobierno. Y así, mandaba un mensaje tranquilizador al ingenuo pueblo: el presidente está con vosotros y se preocupa de todo.

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