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¿Un psicópata al frente del Estado?

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Un psiquiatra bielorruso, Dmitri Shiguelski, acaba de publicar en Estados Unidos los resultados de sus investigaciones sobre la salud mental del presidente de Bielorrusia, Alexánder Lukashenko. En su trabajo, reproducido también por la prensa rusa, el médico asegura que el mandatario padece una “psicopatía con rasgos de descomposición paranóica de la personalidad”.

Lo más curioso es que esta enfermedad figura en el historial clínico de Lukashenko desde 1975, cuando fue examinado por primera vez por los psiquiatras. El diagnóstico fue confirmado, en varias ocasiones a lo largo de toda su vida, mucho antes de que se hiciera con el poder en Bielorrusia en 1994. Así que el último estudio no puede ser considerado como una venganza de la oposición bielorrusa contra el polémico mandatario, enemigo declarado de occidente e íntimo de Slobodán Milósevic, Saddam Husein y Fidel Castro. Es conocido también por sus ataques contra los derechos humanos y el deseo de devolver a su república las armas nucleares retiradas a Rusia tras el colapso de la Unión Soviética.

Entre los rasgos patológicos que caracterizan a Lukashenko como psicópata, destaca su carácter desconfiado y su permanente búsqueda de “traidores”. Dice que su país y él mismo están “rodeados de enemigos”. Como consecuencia de este síndrome fueron desalojados los embajadores extranjeros de la zona residencial “Drozdí”, cerca de Minsk, la capital. Lukashenko, vecino de la misma zona, sospechó de que los diplomáticos occidentales preparaban un atentado. Cada año, los servicios de seguridad bielorrusos “descubren” varios complots terroristas contra el jefe del Estado.

Otra patología que sufre el presidente es, según el médico, su incapacidad para mantener relaciones estables tanto laborales como sentimentales. En ningún trabajo, de entre los que desempeñó antes de ser presidente, le aguantaron más de dos años. Siendo militante de las Juventudes Comunistas y luego miembro del Partido Comunista, acusaba a sus compañeros de ser “traidores a la cáusa”, “malos trabajadores” y “agentes del imperialismo”. Siempre ha sido muy conflictivo. Nunca ha tenido amigos. Abandonó a su mujer, pero no se ha divorciado. Sus numerosas andanzas mujeriegas son tema de anécdotas populares.

La ambición sin límites y el narcisismo son otros síntomas de la enfermedad de Lukashenko. Se considera el centro del mundo. Tras terminar los estudios de maestro, se presentó ante el responsable provincial del Partido e intentó presionarle para que le nombrara director de una cooperativa agraria. Fracasó, por el momento, aunque no abandonó su idea de ser “algo”. Su ambición enfermiza “se alimenta” debido a su humilde procedencia campesina y al hecho de ser hijo de madre soltera. Lo último se consideraba una máxima verguenza en la sociedad conservadora bielorrusa.

En sus discursos actuales, que ocupan una buena parte de la programación televisiva, Lukashenko, que se cree el “padre de la nación”, suele elogiarse a sí mismo. Pero, en muchas ocasiones, es bastante difícil comprender lo que dice. Sus razonamientos, a veces, no tienen lógica. Según el psiquiatra, con la vanilocuencia patológica y la constante repetición de una misma idea, los psicópatas compensan la falta de capacidad intelectual para expresar sus pensamientos.

A esto se añade la incapacidad de Lukashenko para analizar y sacar conclusiones de su mala gestión política y económica. No admite ningún tipo de críticas. Está empeñado en su propio modelo de futuro, concepto que, por el momento, arruina a la nación, considerada una de las más pobres de Europa.

La agresividad es otro síntoma del paciente. En las reuniones no para de gritar e intimidar a los presentes. Y en el pasado, hasta se permitía pegar a sus subalternos.

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