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Una guerra olvidada

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A la vez que el flamante presidente ruso, Vladímir Putin, conquista, con sus sonrisas, chistes y promesas, los corazones de los líderes mundiales, la comunidad internacional “olvida” la tragedia de un pequeño pueblo, perdido en el Cáucaso del Norte. Hoy en día la guerra en Chechenia, al parecer, interesa sólo a unos pocos intelectuales cuyas protestas caen en el saco roto de la política global. Además, la prensa internacional no escribe casi nada de lo que ya “no está de moda”. Son pocos los periodistas occidentales que se atreven a penetrar en la zona del conflicto. Las fotos de cabezas cortadas en las montañas chechenas, no favorecen esta aventura. El último fue el reportero italiano Antonio Russo. Su cuerpo apareció el pasado mes de octubre. Esta vez no fue un asesinato a sable, ni a tiros, sino a patadas.

Mientras tanto, hasta las noticias censuradas de fuentes rusas no son nada tranquilizadoras. La guerra sigue. Ya no hay combates de gran envergadura, pero los atentados, tiroteos, bombardeos y detenciones son el pan de cada día. Y cada día también hay víctimas mortales. No son sólo soldados rusos, ni islamistas chechenos y sus amigos -“muhajidines” árabes-, quienes mueren. Los que más sufren son los civiles ya que se encuentran entre la espada imperial rusa y la pared integrista chechena. El hambre, el frío, la falta de sanidad, las enfermedades, especialmente la hepatitis, completan la imagen de esta difícil situación.


Los ejemplos abundan. Hace unos días, un adolescente checheno de 12 años resultó muerto y otro perdió sus piernas mientras jugaban al fútbol en las afueras del pueblo de Kurchaloy. Ahora, las tropas federales y la guerrilla se acusan mutuamente de haber minado el campo de futbol. Pero, en la mayoría de los casos, no hay dudas sobre el protagonismo de los hechos. Cinco policías rusos y tres mujeres chechenas han muerto en los pasados días en un atentado integrista, en la cafetería “Elita”, en el pueblo de Chiri-Yurt.

El guión nunca cambia. La guerrilla dispara contra un puesto de control ruso o hace estallar una bomba al paso de un convoy militar y se retira a algún escondite. La respuesta rusa se traduce en abrir fuego indiscriminado con armas automáticas y lanzagranadas, sin pensar en los civiles que puedan encontrarse en las cercanías del atentado. Luego empiezan los bombardeos de artillería o de aviación -depende de la climatología- de los bosques y montañas cercanas donde pueden encontrarse los presuntos “terroristas”. A menudo, las víctimas de estos bombardeos son aldeas cercanas. Y por último, las fuerzas especiales proceden a la operación llamada “zachistka”, un término militar nuevo que puede ser traducido como “operación de limpieza”. Se bloquean todos los caminos. Todos los vehículos son parados y registrados. Se inspeccionan todas las casas en busca de armas. Se controlan los carnés de identidad de todos los vecinos. A todos los jóvenes, independientemente de su sexo, se les desnuda para mirar la parte del hombro derecho en busca de cardenales que denotan los culatazos de “kaláshnikov”. Los sospechosos son detenidos y llevados a los centros de detención priventiva donde, según testimonios, son sometidos a todo tipo de torturas y violaciones.

Por otra parte, el Ejército ruso, mal pagado y mal alimentado, intenta vivir a costa de los chechenos. Según los datos, recogidos por la emisora ruso-americana, “Radio Liberty”, un pelotón estacionado en la ciudad de Gudermés, encontró recientemente una forma ingeniosa de autoabastecimiento. Los soldados aparecieron de repente en el mercado local, lleno de gente, especialmente mujeres y niños, y detonaron un explosivo de poca potencia. A continuación, dispararon al aire gritando que acababa de producirse un “atentado terrorista” y que todo el mundo tenía que abandonar el lugar. Los vendedores y sus clientes huyeron con pánico, mientras que los soldados se aprovechaban para llenar sus mochilas con botellas de vodka y comida.

Nadie se preocupa de ofrecer unas estadísticas exactas. Pero se sabe que la población actual de Chechenia no pasa de unas 200.000 personas o sea un millón menos de lo que había a principios de los noventa. Más de 100.000 se encuentran actualmente en los campamentos de refugiados de la vecina república de Ingushetia. Viven en tiendas de campaña y comen lo que les suministra la Cruz Roja y las autoridades rusas. Se niegan rotundamente a regresar a sus casas debido a la situación que vive su patria. Cientos de miles de chechenos se han refugiado en otras regiones de Rusia y tampoco piensan volver.

Y, para colmo, este pueblo aparece muy dividido ante esta situación. Por lo menos, la mitad de los atentados que comete la guerrilla están dirigidos contra los chechenos prorusos que forman la llamada “administración provisional” y la policía local. Más de diez alcaldes han sido asesinados en los últimos dos meses por sus compatriotas islamistas. Tampoco hay mucha unidad entre los prorusos, hundidos en una lucha interna por el poder y los fondos que Rusia dedica a esta región.

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