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Una mision casi imposible

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A quienes seguimos a lo largo de los últimos decenios la vida política afgana, no nos entusiasma precisamente la decisión apresurada de crear un gobierno provisional, tomada en Bonn, bajo la tutela de la ONU y de Occidente. No, no vemos nada malo en esta reunión, con la participación de unos afganos más o menos europeizados que buscan la paz y el bienestar para su país. Tampoco nos parece negativa la cita de las mujeres progresistas afganas que se reunen estos días en Bélgica para luchar contra el “burka”.

La única cosa que sospechamos es que estos encuentros no sirven para mucho. Eso sí, contribuyen a crear en el mundo una imagen de Afganistán más o menos potable, así como una apariencia de entendimiento entre sus fuerzas políticas. Algo necesario, por ejemplo, para que los occidentales aflojen la bolsa de la ayuda económica para aquel desgraciado país. Otra cosa es cómo se utilice esa ayuda.

Pero resulta que la realidad afgana es muy distinta de lo que se imaginan los periodistas eufóricos con las decisiones de Bonn. Los enemigos comunes de la mayoría de los afganos, los talibanes, no están todavía vencidos; y mientras tanto, ha estallado otra guerra civil que ya ha provocado centenares de muertes. Se trata de los encarnizados combates en la región de Mazar-i-Sharif entre distintas facciones de la Alianza del Norte. Es la guerra de siempre, de toda la vida: una lucha entre clanes de guerreros, tribus y etnias por el control del territorio, por los pastos y los campos de cultivo. La situación es tan compleja que ni el representante de la ONU, Haled Mansur, ha podido explicar lo que pasa en la región. Pero de sobra se conoce, por ejemplo, el odio que sienten los señores de la guerra tayikos hacia el principal cacique uzbeko, Abdul Rashid Dostum, y su milicia.

Un ambiente de preguerra, de odio hacia los tayikos y los uzbekos, reina también en la región pastún de Yalalabad, recientemente liberada de los talibanes, en el este del país. Y este odio no lo podrá apagar ni el anciano rey, traído desde Roma, ni el gobierno-fantasma, formado en Bonn, ni Pepita la fantástica.

¿Qué puede hacer la comunidad internacional en estas condiciones? Primero, acabar su principal labor: destruir el nido del terrorismo internacional existente en aquel país. Destruir lo que amenaza a nuestra propia civilización. Por cierto, esta misión está todavía lejos de ser cumplida. El terrorista número uno, Osama Ben Laden y sus principales compinches aún andan sueltos. Nadie sabe ni donde están y ni qué se puede esperar de ellos mañana. ¿De verdad está Ben Laden en su búnker de Tora Bora, agarrado al kaláshnikov y esperando su muerte? Sin duda, este tipo está loco, pero no tanto como para dejarse cazar como a un conejo.

Por supuesto, no estaría nada mal poner algo de orden en Afganistán, pero por el momento, esta perspectiva es todavía más virtual que la de coger a Ben Laden, o sea, una misión casi imposible. Nos imaginamos que el romántico deseo de crear inmediatamente un Afganistán próspero y democrático es poco realizable. Además, ¿cuánto podría costar a la comunidad internacional el intento de mantener la paz en Afganistán? No nos refirimos al precio en dinero, sino en vidas humanas. Y es que, no lo olvidemos, los afganos no soportan la presencia de militares extranjeros en su territorio. Son guerreros por antonomasia y expertos en la guerra de guerrillas.
Así que lo más lógico sería, según nuestra opinión, terminar cuanto antes la operación antiterrorista y dejarles a los afganos decidir su futuro, tal y como lo ven ellos mismos, poco a poco, sin prisas, ni presiones externas. Eso sí, con la ayuda material, siempre y cuando la utilicen bien.

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