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Vuelven los comunistas

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Los comunistas han ganado, por mayoría absoluta, las elecciones parlamentarias celebradas este domingo en Moldavia, una pequeña república ex-soviética, entre Ucrania y Rumanía, con unos 4,4 millones de habitantes. El PC moldavo ha obtenido más del 50 por ciento de los votos, mientras que sus principales rivales –los socialistas del primer ministro saliente, Dimitru Bráguish, y los demócrata-cristianos, de Mircha Snégur— han recibido el 13,7 y el 8,1 por ciento, respectivamente. El resto se lo repartieron 14 partidos minoritarios.

El PC asumirá todo el poder en esta república de raíces latinas: formará el gobierno, elegirá al presidente del parlamento, gozará de plena libertad para aprobar cualquier decisión, etc. El presidente de la nación, al parecer, será el mismo líder comunista, Vladímir Voronin.

A pesar de lo evidente, los observadores no consideran que los comunistas deban su victoria a una “locura colectiva” de los nostálgicos del bolchevismo. Los moldavos han hecho esta elección por una sola razón: quieren restablecer sus vínculos históricos con Rusia. En eso ven la única salida a la profunda crisis que vive su país. Los comunistas son abanderados de la aproximación a Rusia. Y es que, con la destrucción de la Unión Soviética, Moldavia ha perdido su mercado tradicional para los productos agrícolas y, desde entonces, se ha hundido en la miseria. Así que las elecciones de Moldavia han sido una prueba de fuerza entre la mayoría prorusa y la minoría prooccidental, sin ningún otro sentido ideológico.

“Estábamos esperando diez años a que nos llegara alguna limosna desde Occidente y no recibimos nada –dijo Voronin tras conocer los resultados del escrutinio— desde ahora estaremos con Rusia”. El líder del PC está dispuesto a colaborar con su rival Bráguish, considerado también proruso. Tienen planes de adherirse a la Unión que Rusia firmó recientemente con Bielorrusia y que les ha convertido en un sólo país.

Se espera que el nuevo gobierno solucione rápidamente el conflicto con la región secesionista de Sisdniestr, una parte al este de Moldavia con población rusa. Después del colapso de la URSS, Sisdniestr consiguió, tras un conflicto armado, su independencia de Moldavia, aunque nunca fue reconocido por ningún país del mundo. Los comunistas ya han declarado que lo primero que van hacer, para mostrar a los secesionistas su buena voluntad, es proclamar el ruso como lengua oficial de Moldavia.

Por supuesto, no ha sido sólo su propia voluntad y conciencia lo que motivó a los moldavos a votar la entrega de su patria, en la bandeja de plata, a la Madre Rusia. Desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, asumiera el poder, Moscú se esfuerza por restablecer el antiguo imperio. Desde el Kremlin se maneja el conflicto de Sisdniestr, se abre y se cierra el grifo de petróleo y de gas, se decide si comprar o no las mercancías moldavas. Una sola palabra de Putin bastará para que Moldavia sea reunificada.

Dicen que la catástrofe producida por el prematuro frío y la aparición del hielo que castigaron Moldavia el otoño pasado decidió el destino de la república. El único país que ayudó a Moldavia fue Rusia. Putin mandó a su ministro más fiel, eficaz y enérgico, el general Serguey Shoigu. Sin afeitar, con cara cansada y las botas manchadas de barro, rodeado de sus bravos soldados, el intrépido general aparecía en la pantalla televisiva distribuyendo ayuda humanitaria, salvando a la gente y hasta a animales domésticos. Desde entonces, los ingenuos moldavos ya no tienen dudas de donde viene y vendrá la ayuda.

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