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Xenofobia institucional

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En un barrio periférico de Moscú se produjo recientemente un incidente que no suscitó ningún interés en la prensa local por ser un caso rutinario. Unos cien “cabezas rapadas”, vestidos de cuero, con botas militares, enmascarados y armados con palos, montaron una verdadera caza de “morenos”, o sea de ciudadanos de origen caucasiano. La calle Latsis, del popular barrio de Túshino del Norte, pareció durante varias horas un verdadero campo de batalla. Los enmascarados, jóvenes de 15 a 25 años, detenían a los “morenos”, independientemente de su edad y sexo, les daban palizas y les amenazaban de muerte si no se iban de la capital rusa.

Según las fuentes sanitarias de Moscú, varias personas, de origen caucasiano, fueron hospitalizadas, mientras que la población local se escondía en sus casas oyendo las sirenas de las ambulancias. La policía, que apareció en el lugar dos horas después del comienzo de este “pogrom”, se limitó a “dispersar” a los jóvenes sin detener a nadie. El portavoz de la policía del distrito declaró posteriormente que “no se podía hablar de xenofobia” ya que se trataba de unos “jóvenes aburridos” que salieron a pasear y se permitieron unas “gamberradas”.

Esta historia no extraña a los que conocen la situación con los caucasianos -por supuesto, ciudadanos rusos- creada en Moscú. Muchos de ellos vinieron a la capital en busca de una vida mejor, huyendo de los horrores de la guerras locales en el Cáucaso y de la grave crisis económica que sufre esta zona. Son chechenos, daguistaníes, osetios, ingushes, cherquesos y otros. La mayoría son personas dispuestas a cualquier trabajo para sobrevivir, aunque entre ellas hay también quienes se dedican al comercio ilegal o cometen delitos más graves.

A pesar de que estos delitos apenas se notan en una sociedad completamente corrupta y criminalizada, les permiten a las autoridades de Moscú acusar a estos desgraciados de todos los males que existen en el mundo. El carismático alcalde de Moscú, Yuri Lujkov, antiguo aspirante a la presidencia de Rusia, no para de instar a la policía municipal para que “limpie de morenos” la capital rusa. Todo esto repercute, sin duda, en la opinión pública moscovita, especialmente, en la clase más baja, sumisa a la propaganda oficialista. Así que la comisaría de Tushino del Norte tenía todas las razones para hacer caso omiso de las “gamberradas” de los “cabezas rapadas”.

Hay que añadir que el alcalde, que tuvo hace varios años unos negocios bastante dudosos con su homólogo de Marbella, Jesús Gil, no persigue a todos los caucasianos. Una gran excepción son los mafiosos chechenos y daguestaníes que controlan los mercados de Moscú. Con ellos, según fuentes informadas, mantiene relaciones “privilegiadas”.

En su lucha contra los “morenos”, el alcalde se apoya en una ley heredada de los tiempos del “padre” Stalin. Esta ley obliga a todos los ciudadanos a tener un permiso de residencia especial para vivir en la capital rusa: y los que vienen a Moscú de otras regiones de Rusia necesitan registrarse en las comisarías y recibir este permiso. Lo último no es nada fácil. Un caucasiano, siendo ciudadano ruso, tiene más problemas a la hora de obtener un permiso de residencia en Moscú que un marroquí que llega en una patera a las costas españolas y pretende legalizarse en España.

Las escenas más comunes en Moscú son los policías fuertemente armados controlando la documentación de los caucasianos. El pretexto es la lucha contra el terrorismo islámico -la mayoría de los “morenos” profesan esta religión- y el control de los “ilegales”. Al mismo tiempo se producen registros de bolsos y bolsillos. Se les “confisca” dinero y cualquier cosa de valor, especialmente si la documentación no está en regla. La corrupción de la policía rusa es también institucional, igual que la xenofobia. La alternativa son las palizas y los calabozos de las temibles comisarías moscovitas. Si el “moreno” no puede pagar a los que le detienen, será arrestado y echado de Moscú, tal y como ordena el alcalde.

A esta triste historia podemos sólo añadir una anécdota. Un cura español, el padre José María, profesor de filosofía en el seminario católico de San Petersburgo, vino hace un par de años a Moscú. Un día de sol y nieve se le ocurrió dar un paseíto por las bonitas calles de la capital. Y fue un desastre. De cada callejón salían las patrullas policiales. “!He tú, morenito…tu documentación!”… le gritaban los guardianes de la ley apuntándole con sus metralletas. Y es que el cura, misionero y gran conocedor de la filosofía alemana, tenía un gran “defecto” para vivir en Moscú. Con su nariz aguileña, una barbita morena y un gorro de piel tenía pinta de un recién bajado de las montañas chechenas.

Poca gracia tiene esta historia para el padre José María, especialmente porque sus amigos le llamamos en broma desde entonces “Jose Mari, el checheno”.

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