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Del valor de los polacos

Si visitara los escombros que rodean a las más de doscientas cárceles, que va a ser que no, y tuviera algún problema, que lo tendría, jamás pediría ayuda a los correveidiles del Gobierno español en La Habana. Me dirigiría a la embajada de Polonia.

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Según el presidente de los operadores de turismo de Estados Unidos, "los estadounidenses realmente quieren conocer Cuba". Lo que no nos aclara Robert Whitely es si sus preferencias responden a los prostíbulos en los que por menos de nada se prostituyen miles de adolescentes, o a las más de doscientas cárceles en las que se torturan a cien mil presos. En cualquier caso, los Castro se muestran dispuestos a satisfacer sus deseos. No por gusto insisten en engañar a algunas constructoras españolas para que pongan a su servicio los euros que jamás les devolverán.

La experiencia les enseñó que siempre encontrarán a más de un especulador sin escrúpulo que se ofrezca a perder en Isla Cárcel el capital de sus accionistas. Y no será Zapatero quien les advierta del peligro que corren si se asocian con los negreros que algún día tendrán que pagar por sus crímenes. Negreros en el más amplio sentido de la palabra. Negreros porque explotan a los trabajadores –blancos o negros– que ponen al servicio del capital extranjero. Y también negreros porque desprecian a todos los que desciendan de un negro. Por tanto, a pesar de que no es tan negro como lo son Antúnez y Biscet, nadie ha de sorprenderse de que al racista Fidel Castro no le guste la sonrisa afroamericana de Barack Obama.

Puede que algún día nos cuente qué juicio le merece la de Zapatero. Lo que ya sabemos es lo que piensa de él. Por favor, fíjense en lo que publicó el diario Granma el 17 de diciembre de 2006: "La misma guerra global. Misión única, mando único, mucho tendrá que explicar Zapatero, responsable político también, ahora, de la espantosa matanza del 11-M".

No se puede decir más con menos palabras. No obstante, a Zapatero parece no importarle que los carceleros castristas le culpen de lo que también culparon a Aznar. Insiste en no incomodarles. Sólo así se entiende que los Castro no tuvieran que amonestar a ningún diplomático español cuando amonestaron a los diplomáticos extranjeros que se sumaron a las víctimas que denuncian la violación de todos los derechos humanos en Cuba. Los españoles están allí para ayudar –no a las víctimas– a sus verdugos.

Nunca les pediré a los carceleros permiso para viajar al país en el que nací. Jamás les ayudaré a financiar su barbarie. Por no querer no quiero que me detengan después de acusarme de trabajar para la potencia enemiga o de colocar cocaína en mi maleta. Pero si visitara los escombros que rodean a las más de doscientas cárceles, que va a ser que no, y tuviera algún problema, que lo tendría, jamás pediría ayuda a los correveidiles del Gobierno español en La Habana. Me dirigiría a la embajada de Polonia. Y Zapatero me entendería. Castro no guarda en su mochila ningún dato que le pueda servir para chantajear a los polacos.

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