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Siempre pagan los mismos

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El gobierno de Fidel Castro subirá entre un 10 y un 33% los precios de los productos de primera necesidad que únicamente los cubanos que reciben algunos dólares del extranjero pueden comprar en las tiendas de recuperación de divisas. Los artículos que el régimen no considera imprescindibles pueden subir hasta un 50%. Nadie podía esperar otra cosa después de conocer las tímidas sanciones económicas que la administración estadounidense ha decidido adoptar en contra de la tiranía comunista. En la Isla-cárcel siempre pagan los mismos. Cualquier pretexto le sirve al coma-andante para demostrar a sus enemigos que por mucho que lo intenten nada conseguirán mientras mantenga bajo su bota a 11.000.000 de rehenes. Con Esteban Dido no valen medias tintas. O se acaba con él definitivamente, o todo lo que se haga en su contra se volverá en más sufrimiento para los cubanos. Así ha ocurrido siempre.
 
El gobierno de EE.UU. no podía ignorar cuál iba a ser la reacción de la mafia castrista. Pero ocurre que la administración norteamericana es también rehén de la tiranía. No puede invadir Cuba y no puede tampoco apretarles demasiado y provocar una oleada de balseros. Por eso Bush y sus consejeros han decidido esperar a que desaparezca Fidel Castro. A pesar de sus bravatas el coma-andante y sus muchos cómplices saben que los estadounidenses hace años que han parado el reloj. Ningún presidente norteamericano hará nada decisivo en favor de sus víctimas a no ser que no le quede más remedio y tengan que enfrentar una enorme inmigración ilegal. Mientras esto no ocurra han decidido esperar a que muera el tirano o a que alguien del propio régimen le haga desaparecer. Quizás sea ésta la mejor solución. La única verdaderamente buena para los cubanos. Porque, si como hoy parece probable, Castro muere en la cama, sus herederos también podrán intimidar a los norteamericanos con miles de balseros desesperados y negociar una salida que olvide tantos crímenes.
 
Por desgracia, o cambian mucho las cosas, o hasta que no desaparezcan Fidel Castro y todo vestigio de tiranía los cubanos estarán tan solos como han estado desde enero de 1959. Tanto los de dentro como los de fuera de la Isla. Contra todo pronóstico, el régimen logró sobrevivir a la caída del bloque soviético y desde entonces su sufrimiento ha dejado de interesar a la comunidad internacional. En cualquier caso, nunca interesó mucho. Los que al principio de la década de los 90 invirtieron en los escombros que rodean las más de doscientas cárceles son también culpables de su hambre y de su falta de libertad. Que no se lamenten de haberlo perdido casi todo. Y que tampoco confíen en que en un futuro los que también son sus víctimas vayan a olvidar que se asociaron con su verdugo para levantar el lupanar más grande y más triste del mundo.
 
Hoy se sentirán satisfechos los muchos hoteleros socios del coma-andante. Habrán bajado en La Habana los precios de las jineteras en la misma proporción que la tiranía subió el de los alimentos. Y es que para una vez que alguien se acordó de los cubanos fue para utilizarlos como mano de obra esclava o para acostarse con sus hijas. A los que escaparon dejando en la Isla a sus padres, hijos o hermanos, nadie puede reprocharles que les envíen todos los dólares que puedan para evitar que se mueran de hambre. Pero hay que ser muy desalmado para tratar de enriquecerse asociándose con un canalla como Fidel Castro. Y eso fue lo que decenas de empresarios europeos hicieron. Gracias a su ambición y falta de escrúpulos Castro está todavía en el poder y puede seguir matando de hambre a sus rehenes y chantajeando a los Estados Unidos con una crisis de balseros. Que nadie lo olvide jamás.

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