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No hay calidad sin libertad

En las comunidades autónomas que financian los libros (en un sistema más bien de préstamo), es la Consejería la que impone los textos concretos, que suelen ser –casualidades de la vida– de una editorial cuyo nombre empieza por S.

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Cuando Pilar del Castillo intentaba consensuar la Ley de Calidad, los que se oponían le espetaban continuamente un latiguillo que no voy a repetir, pero que voy a rescribir diciendo: "No hay calidad sin libertad".
 
La relación "pésima calidad-falta de libertad" es lo que mejor explica el desplome de nuestro sistema de enseñanza (me niego a llamarlo "sistema educativo") que el último Informe PISA dejó al desnudo. El sistema ha ido perdiendo calidad en la medida en que se le han ido extirpando elementos de libertad.
 
En estos momentos, no existe libertad de los padres para elegir el centro que más se adecue a sus convicciones morales, filosóficas o pedagógicas, como consagra la Carta Europea de Derechos Fundamentales. El rígido marco administrativo de petición de centro, con el criterio de zonificación como auténtico criterio último, impide que este derecho pueda ser ejercido.
 
No existe libertad para elegir el libro de texto por parte de los profesores; en las comunidades autónomas que financian los libros (en un sistema más bien de préstamo), es la Consejería la que impone los textos concretos, que suelen ser –casualidades de la vida– de una editorial cuyo nombre empieza por S.
 
Tampoco existe libertad para dar eventualmente contenidos ampliados, si el nivel de la clase así lo aconsejara; se comentó hace tiempo el caso de un profesor que al entrar en vigor la LOGSE, mantuvo el programa que había dado el curso anterior, y allá por febrero dijo a los alumnos: "hasta aquí lo que ahora puedo enseñar; a partir de ahora, repasaremos". Aunque se les llene la boca con lo de la "autonomía de los centros", el marco es absoluta y progresivamente constrictivo, y no va quedando el menor resquicio de libertad ni para padres ni para docentes. Así no es de extrañar que los resultados se desplomen.
 
Tampoco hay libertad para imponer exigencias de disciplina,. Todo está meticulosamente reglamentado para que nadie ose salirse del guión establecido de solución de conflictos mediante el "buen rollito". Cuando así los casos de violencia, de matonismo, etc –impensables hace una generación– se les van de las manos, nos dicen que la solución va a ser dar Educación para la Ciudadanía, que conseguirá –aseguran–terminar con estos problemas. Pues imposible, porque parte de un diagnóstico equivocado.
 
En los países que adoptaron como pioneros este modelo a caballo entre la comprensividad británica y el roussonianismo, como Suecia, han comprobado ya que el modelo no es exitoso. Me remito a las aportaciones de la experta sueca Inger Enkvist. No sólo bajan cada año los resultados académicos, sino que han aparecido actos de violencia y vandalismo que no se habían visto antes. Paradójicamente, Suecia es el país que dedica más número de horas a Educación para la Ciudadanía. Sin embargo, no han pensado que la solución sea ampliar aún más las horas lectivas de esa asignatura, sino que han relacionado estos malos resultados y estos problemas directamente con el tipo de modelo implantado. Y ya están buscando soluciones. Suecia es en estos momentos –con grandes resultados– pionero de la opción por las escuelas diferenciadas, tema prácticamente tabú en nuestro país, como medida exitosa para reducir el fracaso escolar.
 
Pero la violencia derivada de este modelo no debería sorprendernos. En la llamada "escuela tradicional" siempre quedaba en manos de los adultos decidir los límites y las reglas de comportamiento, y actuaban como garantes de justicia en caso de conflictos entre los chicos. En la nueva pedagogía piensan que si las decisiones emanan de los propios jóvenes, todos van a acatar las normas. Lo que se ha constatado es que cuando los adultos dejan de guiar a los jóvenes, empieza a regir la ley del más fuerte.
 
Pero la escuela "comprensiva y roussoniana" sigue teniendo dificultades para admitir la existencia de esta violencia, justamente porque destruye los supuestos básicos de la nueva pedagogía. En la escuela lúdica y divertida no debería existir la violencia. Y sin embargo, es así y va a peor. Dada esta situación, ¿consiste la solución –como quieren vendernos los responsables ministeriales– en crear una asignatura de ciudadanía? Es poco probable. Más bien habría que revisar primero este modelo constructivista y de "educación por los pares" que parece ser la causa principal del problema. Pero también para esto hace falta libertad: libertad para poder ver la realidad y sacar las oportunas consecuencias.
 
Otra constatación de la absoluta ligazón entre calidad y libertad: el desplome de los resultados de PISA precisamente en la Comunidad Autónoma que lleva años aplicando una política llamada de "inmersión lingüística", es decir, conculcando el derecho y la libertad de aprender en la lengua materna, elemento que la UNESCO recalca como prioritario para prevenir el fracaso escolar en edades tempranas.
 
Antes la escuela enseñaba y los padres educaban; ahora parece que es al revés: a la escuela se va para "educarse en valores"; de la instrucción ya se ocuparán los padres... si pueden. Pues déjennos ocuparnos de lo uno y de lo otro: libertad de elección de centro, libertad para crear centros por iniciativa de los padres, libertad para cuestionar el currículum, libertad para escribir y elegir los libros de texto, libertad para exigir disciplina y urbanidad, libertad para que los centros entren en sana competencia por la excelencia.
 
El pasado mes de diciembre en Inglaterra se dio a conocer que las escuelas privadas se planteaban abandonar el currículo nacional –cada vez más lleno de contenidos sobre lo que llamaban "causas de moda" (nutrición para combatir la obesidad, educación sexual, ciudadanía, etc,)– en detrimento de horas de estudio de contenidos básicos. Decían que "cada vez más, estamos viviendo una era en la que enseñar y aprender se sacrifican en favor de causas de moda, a menudo con efectos desastrosos sobre el nivel de la educación", y pedían una vuelta a contenidos básicos. También en Italia se produjo el pasado mes de diciembre un fuerte debate sobre la escuela mixta a 30 años de su implantación, que no ha dado los resultados esperados.
 
Parece que después de casi 40 años de hegemonía absoluta en toda Europa de los postulados de la izquierda en materia de educación, el sistema empieza a presentar grietas evidentes.
 
Y es que no podemos engañarnos más. Lo que el sistema de enseñanza necesita para mejorar la calidad es recuperar, urgentemente, la libertad en todos los ámbitos. No hay otro camino.
 

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