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El capitalismo es superior moralmente

Me encantaría escuchar la defensa en términos morales de coger lo que pertenece a una persona para dárselo a otra.

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El doctor Thomas Sowell, distinguido economista y colega y amigo desde hace tiempo, escribía recientemente una serie de columnas bajo el título Una guerra de palabras. En ellas señalaba que los progresistas logran engañar a la opinión pública porque son muy diestros empleando palabras que dan a quien las usa la apariencia de ser muy compasivo. Hablan sobre la necesidad de vivienda y sanidad "asequibles". Empañan la figura de sus enemigos con términos como "especulación" o "avaricia corporativa". Los norteamericanos más desinformados y desconcertados son presa fácil de esta clase de demagogia.

Los políticos explotan las exigencias públicas de que el Gobierno tendría que hacer algo respecto a tal o cual problema, adoptando medidas que les dan mayor control sobre nuestras vidas. En su mayor parte, sea lo que sea lo que hagan los políticos, ya sea control de alquileres para que haya vivienda "asequible", o control de los precios para eliminar "la especulación", el resultado es una calamidad peor que el problema original. Por ejemplo, dos de los mercados inmobiliarios más caros son ciudades con control de alquileres: San Francisco y Nueva York. Si usted tiene más de cuarenta años, recordará el caos producido por los controles del precio de la gasolina de los años 70. Las agendas socialistas tienen considerable atractivo, pero producen desastres, y contra más socialistas son, mayor es el desastre.

Los progresistas denuncian con frecuencia al libre mercado como inmoral. Pero en realidad es exactamente al revés. El libre mercado, caracterizado por el intercambio pacífico y voluntario respetando los derechos de la propiedad y las normas de la ley, es más moral que cualquier otro sistema de asignación de recursos. Vamos a examinar sólo uno de los motivos de la superior moralidad del libre mercado.

Digamos que yo corto su césped y usted me paga 30 dólares, que acordamos como paga por cumplir mi parte del contrato. Habiendo cortado su césped, visito a mi tendero y exijo que mis conciudadanos me atiendan dándome un filete de tres libras y un pack de seis latas de cerveza. En ese momento, el tendero me pregunta:

– Williams, está exigiendo que sus conciudadanos, como rancheros y cerveceros, le sirvan; ¿qué ha hecho usted para servir a su prójimo?
– Corté su césped –, contesto.
– ¡Demuéstrelo!

En ese momento le entrego las pruebas de que he cumplido mi contrato: los 30 dólares.

Salta a la vista la moralidad de un método de asignación de recursos que exige que yo sirva a mi prójimo con el fin de tener opción a lo que produce. El contraste con la asignación gubernamental de recursos no podía ser más ejemplificador. El Gobierno puede decir: "Williams, no tiene usted que servir a su prójimo; a través de nuestro código fiscal, cogeremos lo que produce y se lo daremos a usted". Por supuesto, si yo tomara por mi cuenta lo que mi prójimo produce, lo llamaríamos robo. La única diferencia es que, cuando lo hace el Gobierno, ese robo es legal, pero no por eso deja de serlo: se coge la propiedad legítima de una persona y se le entrega a otra.

A los progresistas les encanta hablar de tal o cual derecho humano, como el derecho a la sanidad, la comida o la vivienda. Ese uso del término "derecho" se hace con segundas intenciones. Un derecho, como el derecho a la libertad de expresión, no impone ninguna obligación a otros, aparte de la de no interferir. El presunto derecho a la sanidad, la comida o la vivienda, ya se los pueda permitir una persona o no, es algo completamente diferente, porque impone obligaciones a otros. Si una persona tiene derecho a algo que no produjo, eso implica necesariamente que otra persona no tiene derecho a algo que sí produjo. Eso se debe a que, puesto que no existen ni Santa Claus ni el ratoncito Pérez, el Gobierno necesita, para darle un dólar a un norteamericano, intimidar, amenazar y coaccionar para confiscarle ese dólar a otro. Me encantaría escuchar la defensa en términos morales de coger lo que pertenece a una persona para dárselo a otra.

Hay personas que necesitan ayuda. La caridad es una de las motivaciones humanas más nobles. El acto de echar mano al bolsillo de uno para ayudar al prójimo que lo necesita es digno de valor y elogio. Pero echar mano al bolsillo de otro es despreciable y digno de condena.

© Creators Syndicate, inc.

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