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Chávez y Venezuela: dos agonías

Venezuela ha pasado a ser un compendio de fanatismo al modo islámico, corrupción a la africana y populismo latinoamericano.

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Según parece, Hugo Chávez ha comenzado ya su tránsito hacia esa inmortalidad garantizada por la infamia. En noviembre de 1992, cuando el joven teniente coronel se encontraba encerrado tras liderar, nueve meses antes, una rebelión golpista, tuvo lugar la primera manifestación del chavismo. Se trató, por supuesto, de un acto de violencia: de nuevo se levantaban los cuarteles contra el Gobierno legítimo, pero esta vez se remitían ya a una promesa encarnada por Chávez: "¡Llegó el ‘por ahora’!", fue la consigna, que recogía las palabras con las que el aprendiz de caudillo había diferido temporalmente el logro de sus ambiciones. Tampoco triunfó aquella intentona, y lucía entonces muy dudosa la viabilidad de un movimiento que, habiéndose apoderado de un canal de televisión, se mostró a los venezolanos como algo ridículo y precario. Dispuestos en un cuartucho, como los secuestradores que piden rescate, un titubeante militar en traje de campaña y, detrás, la figura agresivamente vulgar de un tipo armado con una enorme metralleta, vistiendo unos vaqueros raídos y un astroso polo rosa: tal era la calaña de los personajes que tenían por referente al preso de la cárcel de Yare. A nadie en su sano juicio le parecía que aquello pudiese representar la opción ni el futuro de ningún país.

Dos décadas más tarde, la televisión venezolana ha vuelto a mostrar una mesa rodeada de sujetos desaliñados, convertidos en espalderos de un Hugo Chávez abotargado y caduco. Y el recinto que ocupa aquella pandilla, cuya estampa niega cualquier signo de dignidad y de decoro, es ahora una sala del Palacio Presidencial, y el tal conciliábulo el Gobierno de Venezuela. Todo es igual de precario y de ridículo que hace veinte años, y sin embargo es la realidad política (con todo lo que connota esta palabra) del país sudamericano. En un acto cargado de drama, para él y para la nación entera, el sátrapa designaba sucesor y la solemnidad tenía la apariencia de esa parodia que escribió Aquiles Nazoa, el gran humorista venezolano, sobre un Calígula que, no conforme con hacer cónsul a su caballo, pretendía nombrar ministro a un burro. Lo decretaba, como el tirano de Venezuela, "en nombre de la augusta Constitución romana/ que le permite hacer lo que le da la gana", y al imponer a su candidato subordinaba todas las instituciones del Estado a su voluntad:

Artículo Segundo: el Senado de Roma/ se comerá las sobras de lo que el burro coma.

Si la raíz de su crisis estuvo en la problemática sociedad dual que combinaba rasgos del Primer Mundo y del Tercero, Venezuela ha pasado a ser un compendio de todas las presentaciones y miserias propias del último: fanatismo al modo islámico, corrupción a la africana y populismo latinoamericano. Un despotismo oriental que no tiene ningún orden para legar a sus herederos, porque descansa, precisamente, sobre el caos y el delito en barra libre, siempre que se avengan a ponerse al servicio de la Revolución. Los análisis que discuten la continuidad de la línea dura del chavismo resultan muy difusos, porque lo duro en este régimen consiste, en propiedad, en mostrar la máxima blandura hacia los desmanes revolucionarios. A Maduro le tocará presidir un Gobierno cuyo principio fundamental es la anarquía, y es muy difícil que esa paradoja no se resuelva en un desorden que acabe llevándoselo por delante. El botín de Chávez ha quedado librado a los hampones con los que lo compartía, y por que a uno de ellos le haya confiado la misión de cuidárselo no hay que creer que los otros vayan a quedarse de manos cruzadas.

Por su parte, la oposición tiene en las elecciones regionales del día 16 una nueva oportunidad para hacer ver que existe. Pero sobre todo que existe para cambiar las cosas, porque sólo faltaría que, ante el peligro de una –mayor– fractura social, y amenazado Capriles de sufrir un revés este domingo, resulte al fin que el liderazgo de unidad tan procurado como alternativa a Chávez haya de encarnarlo... Maduro. Igual que el funesto demagogo, Venezuela ha entrado en agonía, que, como se sabe, significa originalmente lucha o combate. La de Chávez es para morir porque, con todo y el poder que le valió su voraz zarpazo a la riqueza petrolera venezolana, no hay nada que pueda hacerse. Por el contrario, la lucha agónica de Venezuela puede volverla a la vida, porque a los pueblos no les falta gente buena y valiente, y porque su decisión de progresar es capaz de poner en fuga hasta a las células más malignas que habiten en su tejido. 

Xavier Reyes Matheus, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos.

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