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El estilo de la reina y la republicanización de la Monarquía

Tener una 'ciudadana reina' (¿a la que habría que tratar de 'Vuestra Normalidad', quizá?) es una contradicción en términos que sólo existe en la cabeza de Alberto Garzón.

Xavier Reyes Matheus
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Cordon Press

A propósito de los encapuchados que echaron a Felipe González de la Universidad Autónoma, lo que más lamentaba la señora Carmena era que, cubiertos de semejante guisa, se cerraban a la empatía. Conociendo el activismo de su segunda, Rita Maestre, a favor del topless sacro, uno se siente casi aliviado de contar con que esta arrojada muchacha, tan motivada por la opresión de las cristianas, seguramente no tiene intención de ocuparse nunca de las musulmanas; porque si pretendiese ir donde los talibán para hacerles ver que con el burka mantienen a sus mujeres cerradas a la empatía, me temo que le dirían que de eso se trata, y que quedarían muy reafirmados en la imposición de la tal prenda. Pero total es que, mientras el asunto de la Autónoma copaba los titulares de prensa, la reina de España participaba en la entrega de los premios Princesa de Asturias y varios medios se engalanaban también con su foto y con la discusión sobre el vestido que llevó, porque, en la opinión de algunos, la hacía quizá más empática de lo conveniente.

Como en Podemos no paran de hablar de guillotinas, y como en su revolución el casting está tan bien distribuido que a Pablo Iglesias le toca naturalmente el papel de Robespierre, a Errejón el de Saint-Just y a Echenique el de Couthon, uno no puede evitar pensar en muros adentro del palacio real, ahora que la reina representa un glamour, un desenfado y una independencia de espíritu que bien podrían recordar a María Antonieta. Ciertamente, pasada la convulsión en la que la desdichada mujer de Luis XVI ganó en la historia un puesto que nunca habría deseado tener, la monarquía volvió a ser vista en Europa como un recurso útil y prudente para evitar el faccionalismo y las luchas por el poder que habían bañado de sangre a Francia durante los años del Terror. Pero la sociedad había cambiado, y lo de ser reyes en los mismos términos de antes parecía imposible, de manera que ya entonces surgió, por vez primera, la cuestión del estilo (hoy reducido, más bien, al estilismo) que había de corresponder a una corona moderna.

La misma Francia dio, sucesivamente, dos soluciones del todo opuestas a este problema. Primero, durante la monarquía liberal de Luis Felipe (el hijo de aquel príncipe de la casa de Orleans que se había declarado el más leal de los revolucionarios y el más partidario de cortarle la cabeza a su primo el rey), la realeza copió las costumbres de la burguesía y acostumbró a los parisinos a una familia real que vivía más o menos con las mismas comodidades y ritos domésticos que podían verse en cualquier casa de señores con un buen pasar. La reina María Amelia, ni joven ni guapa, pasaba por una de aquellas discretas damas, algo marujonas, pacatamente ataviadas con vestidos de flores y sombreros que se ceñían a los lados de la cabeza y se sujetaban con amplias cintas bajo la barbilla. Pero esto era simple apariencia, porque la reina de plebeya no tenía nada: hija de una de las más enérgicas gobernantes de su tiempo, María Carolina de Nápoles, era nieta de Carlos III de España y de María Teresa de Austria, la gran déspota ilustrada, y así sobrina carnal, precisamente, de la malograda María Antonieta. Con todo, cuando la revolución de 1848 echó a Luis Felipe del trono dio la impresión de que la gente odiaba su régimen mucho más por lo que tenía de burgués que por lo que tenía de monárquico. Vino a continuación Luis Napoleón Bonaparte, que, como su tío, se adueñó de la escena con razones de gran demócrata y de valedor del pueblo, para terminar poco después coronándose emperador. Estaba poseído de la megalomanía familiar, y su mujer, Eugenia de Montijo, que era la hija de un segundón perteneciente a la nobleza provinciana de España, adoptó también unos usos regios llenos de brillo y de aparatosidad: tiaras, crinolinas, lujosos collares para lucir sobre un pecho generosamente descubierto y para lucir de forma deslumbrante su belleza romántica y pelirroja. La infanta Eulalia, hija de Isabel II, dice de ella en sus memorias que era "muy etiquetera", y recuerda con gran fastidio las visitas que la familia real española estaba obligada a pagarle cuando, ya viuda, la emperatriz vivía exiliada en Inglaterra, instalada en una mansión privada en la que sin embargo se empeñaba en conservar, un tanto patéticamente, el protocolo de corte. Para la infanta, todo aquel empaque monárquico de la antigua condesita de Teba se quedó en nada cuando le tocó hacer frente, sola en las Tullerías, al desmoronamiento del Segundo Imperio tras la derrota de su marido en Sedán (había huido del palacio en un coche de alquiler para ir a pedir auxilio a su dentista norteamericano, que la ayudó a cruzar el Canal de la Mancha). Y años después, recordando aquellos días, la propia mujer de Napoleón III confesaría que su temor entonces no era tanto que la mataran como el que le sugería una aprensión fundamentalmente estética: "Me imaginaba con la falda levantada por el populacho", explicaba.

De modo que lo que quizá demuestran los derrocamientos de las dos últimas casas reinantes en Francia es que, cuando las cosas se ponen feas, importa más bien poco cómo se vista la reina. Pero, en el empeño de proyectar al futuro este orden del 78 que hoy enfrenta tantos ataques y cuestionamientos, la adaptación de la Corona de España a los tiempos que corren no es un tema menor, y hay diversidad de criterios en cuanto a la forma de entender tal necesidad. Muchos piensan, por ejemplo, que el hecho de que la reina se aleje de la imagen tradicional es algo que sólo preocupa y ofende a los monárquicos más rancios y recalcitrantes, mientras que el cambio es visto con buenos ojos por los partidarios de una república. Pero se equivocan, porque con los verdaderos monárquicos sucede como con Francesca Cuzzoni, la célebre cantante de ópera a la que Händel –o Hasse, no recuerdo bien– reconvino en cierta ocasión porque, debiendo interpretar el papel de una pastora, se presentó en el escenario cubierta de joyas: "Represento a una pastora –replicó la diva–, pero el público sabe que en realidad soy Francesca Cuzzoni vestida de pastora". Pues lo mismo: para un monárquico, que es, por encima de todo, fiel a la institución, la reina es la reina con manto de armiño o en albornoz. Por el contrario, si los que no profesan tal lealtad se acostumbran a verla como una simple it girl, explíquenseles luego las razones por las cuales el Estado le reconoce una condición especial más allá de la libertad de que gozan otras it girls para buscar la forma de lucir sus modelitos con los recursos o las influencias a los que acceden abriendo canales de YouTube. Tener una ciudadana reina (¿a la que habría que tratar de Vuestra Normalidad, quizá?) es una contradicción en términos que sólo existe en la cabeza de Alberto Garzón.

Si lo que se quiere es republicanizar la monarquía, yo encontraría mucho más consecuente que la consorte del rey pudiera tener el derecho de renunciar, sin necesidad de divorciase, a la condición de reina. Luis XIV, con todo y ser el Rey Sol y la viva imagen del poder regio, estuvo casado apaciblemente con la virtuosa Madame de Maintenon, que no contribuye con su respetabilísimo nombre a la galería de reinas de Francia. El problema es que esas uniones se consideraban morganáticas, y la pobre esposa permanecía en la sombra y como si no existiese, al modo en que tuvo Fernando Alonso a la suya. Esto hoy no sería de recibo, así que la mujer del rey no tendría por qué ser distinta de la del presidente del gobierno, que a pesar del título extraoficial y bastante cursi de primera dama es, sin más, una señora de su padre y de su madre. Que puede dedicarse a lo que le venga en gana, porque la agenda institucional del marido no es un anejo para la pura y simple condición de esposa: ¿podría alguna ley forzar a Cristina Pedroche a dejar de presentar programas por tener que hacer de pinche de cocina de David Muñoz? La reina en cambio está obligada a montar casi tanto por lo que supone como símbolo de esa institución atemporal y trascendente que pretende ser la Corona. Pero, y si su voluntad es vivir como una mujer de su tiempo, representándose sólo a sí misma o, todo lo más, al taller de Felipe Varela, ¿por qué hay que exigirle que desempeñe otro papel? Por supuesto, la reina es la madre de la heredera y en el ámbito familiar cumple una importante tarea que luego habrá de repercutir en la vida pública del país; pero ahí está el ejemplo de esa otra Letizia llevada también por el azar desde la vida corriente hasta los salones palaciegos: Letizia Ramolino, la madre de Napoleón, que no necesitó el título de reina madre y que sin embargo era tan grandemente obedecida y venerada por su real descendencia, y agasajada en privado por todos los que admiraban su autoridad matriarcal. Con eso le bastó: fue Madame Mère, y su despótico hijo decía de ella: "Cuando muera, sólo me quedarán inferiores".

Creo yo que dejar libertad a la reina para desentenderse del cargo, en vez de para llevarlo en plan minimalista o irreverente, supondría algo comparable al cambio de paradigma con el que hace poco se ha sacudido la anquilosis la Iglesia Católica, y que no se debe precisamente al papa Francisco, sino a Benedicto XVI. Si es verdad que la perspectiva histórica alumbra las cosas, puede esperarse que el día de mañana, cuando se compare la obra de ambos pontífices, sea el papa Ratzinger quien resulte reconocido como el auténtico aggiornatore; pues su renuncia, al admitir que el vicario de Cristo puede también sucumbir a la decrepitud, y que está por lo tanto expuesto al alzhéimer o simplemente a volverse gagá, torpedeó de muerte el arrogante dogma de la infalibilidad, adoptado oportunistamente entre los afanes del Risorgimento italiano. Lo que dejará esa lúcida decisión en el derecho canónico y en la humildad de los pontífices será seguramente mucho más duradero y trascendente que la sustitución del calzado rojo por zapatos viejos, la exhibición del cuatro latas, y otros gestos por el estilo que han hecho del argentino, también, un It Pope.

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