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Podemos y el chavismo: muchas diferencias y una semejanza esencial

Lo fundamental de la corriente que allá preside Maduro y aquí lidera Iglesias es su decisión de vaciar de contenido los valores de la convivencia pacífica y legal.

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Para ciertas personas, lo que se ha demostrado sobre los vínculos materiales entre Podemos y el régimen de Venezuela no tiene valor suficiente como para afirmar que sean cuñas de la misma madera. Entendido que, en todo caso, la semejanza se reduce a ser de izquierdas, y que para los que así opinan ello no significa sino que ambos están del lado ético de la historia, la comparación se recibe con sonrisa de sorna: Venezuela es un país muy distinto a España, y esa distancia oceánica es también el abismo que separa a los chavistas del partido de Pablo Iglesias.

Desde luego, hay muchas cosas que diferencian a unos y a otros. El chavismo, por ejemplo, es ferozmente nacionalista, como sucede con toda la izquierda latinoamericana. Mientras Pablo Iglesias no puede decir "España", el nombre de Venezuela y sus colores patrios campan en los mítines y en los chándales de todos los jefes chavistas, idénticos en eso (no en los chándales, digo, sino en el patrioterismo) a cualquier dictador de derecha de los muchos que ha tenido la región. La revolución no ve problemas en tomar por numen tutelar a un caudillo conservador como Bolívar, lleno de reminiscencias bonapartistas; y lo que aducen para ello es que la lucha del prócer venezolano fue por la soberanía y en contra del imperialismo. De un argumento análogo, no obstante su repugnancia a la arenga patriótica, ha querido servirse Podemos para apropiarse de la guerra de la independencia española y de la Constitución de Cádiz, cuando lo suyo era más bien que despreciase ambas cosas. ¿Cómo puede defender una Constitución que reconocía a Fernando VII, que impedía la libertad de cultos, que tenía un carácter marcadamente centralista o que hizo el salto a los derechos de los americanos para que no obtuviesen en Cortes una representación proporcional a su población? ¿Cómo celebra Iglesias un movimiento patriótico que abominó de la Revolución francesa, cuya guillotina, por otra parte, tanto ha alabado el podemismo? Lo propio de un partido como el morado sería convertir en sus héroes inspiradores a afrancesados como Picornell o el abate Marchena. Pero, al final, los de Iglesias decidieron que les salía más a cuenta exaltar el combate contra la potencia extranjera, y en cambio prefirieron identificar a las huestes invasoras de Napoleón con la Troika.

Siguiendo esta resolución, Podemos se alinea con ese afán de la extrema izquierda europea por tener ella también un imperio. Porque sin semejante coco, representado en Hispanoamérica por los Estados Unidos, las revoluciones de aquella orilla se habrían quedado privadas de su estandarte más alto; el que le ha valido prestigio quijotesco ante los ojos del mundo y el que ha despertado la admiración compasiva de todo el que ha visto en los guerrilleros y socialistas sudamericanos la nueva gesta de David contra Goliat. La izquierda europea no tenía esto porque Estados Unidos le quedaba demasiado lejos; y aunque el mandato de Bush y la guerra de Irak le permitieron participar por un tiempo de aquel fuero antiyanqui tan señaladamente hispanoamericano, la propaganda contra Merkel y las instituciones financieras internacionales, avivada por el asunto de Grecia, trasladó aquende los mares el despotismo del dinero contra el que hay que rebelarse.

En América Latina, por otra parte, el clero y la religión han tenido siempre muy buen acomodo en la revolución marxista-leninista. Chávez, que era intermitentemente católico y evangélico según el pleito que tuviera cazado con la Iglesia, acostumbró a los televidentes a verlo aferrado a un crucifijo; se persignó hasta en su famosa perorata ante la Asamblea General de la ONU, y ahora vuelve transmigrado desde el más allá para trinar sus consejos al oído de Maduro. Podemos, por el contrario, debe honrar la tradición europea del comunismo laicista y ateo. Con ello gana un aire de racionalidad que lo hace parecer civilizado frente a los cultos animistas del chavismo, pero hay que reconocer que, por lo mismo, pierde un elemento invalorable para reforzar todo aquello que, aun sin Dios, está muy presente en el discurso del de la coleta: sentido eclesial, esto es, de asamblea de fieles; liderazgo profético; conciencia providencialista de militar en la causa santa que al final ha de derrotar al mal para establecer en el mundo el reino de la justicia. Pablo Iglesias, que con su carrera profesoril va por la vida de científico, no puede tomar de la religión más que el estilo de telepredicador que, como sucedía con Chávez, acaba a veces arrebatado por la euforia coral de una de esas canciones-protesta tan impregnadas de espíritu postconciliar.

En su estructura económica y productiva, no es necesario decirlo, Venezuela y España son dos países muy diferentes, por más que la alcaldesa Carmena se empeñe en que acá también se vive en una sociedad dual donde no existen sino los empresarios del Ibex y los que hacen cola a la puerta del comedor social. Persuadida o escéptica que se muestre la gente frente a esa idea, lo cierto es que a nadie le amarga el dulce del paternalismo estatal; pero, así y todo, no perciben igual el gasto público un país en el que todo el mundo paga impuestos, y que por ello se ha acostumbrado a temer la mano del Estado por lo que les quita, y otro en el que todos quieren ver estirada esa mano en dirección suya, porque a ella le reconocen la suprema potestad de redistribuir como le dé la gana una riqueza que mana del subsuelo. A pesar de los pesares, el Estado en España está subordinado a la soberanía popular, porque es la gente quien lo nutre; en Venezuela, en cambio, sigue rigiendo el derecho divino: el petróleo yace bajo la tierra por la bondad de la Providencia, y el Estado no es más que el ministro ungido para disponer de ese tesoro milagroso. Por otra parte, España está sometida a las regulaciones de la Unión Europea; lo cual, al menos mientras el país forme parte del club comunitario, limita notablemente la discrecionalidad que los gobernantes han tenido en América Latina para improvisar las políticas económicas más desastrosas y arbitrarias.

La medida en la que pueden resultar eficaces esos diques institucionales para mantener a España sobre el riel del mundo desarrollado tiene que ver muy estrechamente con el rasgo que Podemos y el chavismo comparten por encima de cualquier otro, y que no es más que su concepción del poder. Lo fundamental de la corriente que allá preside Maduro y aquí lidera Iglesias es su decisión de vaciar de contenido los valores de la convivencia pacífica y legal, aprovechando el relativismo posmoderno para imponer un voluntarismo sin trabas; esto es: cuestionado primero cualquier principio o cualquier autoridad, para, vencido este obstáculo, imponer la voluntad propia de un modo que, ya sin contrapesos, resulta incuestionable. Si la nueva legislatura abre un proceso de reforma constitucional, será fácil ver a Podemos como un aventajado discípulo del chavismo en el despliegue de esa estrategia que algunos han tenido la humorada de llamar nuevo constitucionalismo, y que se presenta como sustituto de aquel Estado de Derecho que creíamos el fundamento de todas las libertades contemporáneas, y que ahora, según la doctrina podemita, es el producto espurio del constitucionalismo antidemocrático. Resultará entonces que la democracia consiste en dar a las instituciones constitucionales y a la legitimidad de que gocen el valor que ahora mismo están dando los chavistas a esa Asamblea que, según se deduce, sólo podía considerarse democrática con una condición: que las elecciones las ganaran ellos.

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