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Uribe y la renovación política de América Latina

El uribismo representa en Colombia una causa que haría muy bien en encontrar eco e inspiración en otras naciones del subcontinente.

Xavier Reyes Matheus
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La existencia de una derecha en América Latina es cosa que difícilmente puede probarse desde el análisis político. Todos aquellos países son repúblicas y sus constituciones reconocen el principio de la soberanía popular: no ha sido más que en Cuba donde se ha producido una sucesión dinástica sin aprobación de las urnas. La separación de la Iglesia y el Estado es uno de los fundamentos del ideario republicano; pero si juzgamos por las demostraciones de fe o de beatería, habrá que reconocer que ningún gobernante de los últimos tiempos ha superado al Chávez predicador que aparecía ante las cámaras armado de una cruz; el mismo que decidió, post mortem, la elección del papa Francisco, y que proclamó a Cristo piedra angular del "socialismo del siglo XXI" (como que no era cuestión, para el marxismo-leninismo latinoamericano, de traicionar su conocido compadreo con los narcóticos despreciando las ventajas del opio del pueblo).

Los partidos socialcristianos, que aún ocupan en el imaginario de la región el espacio de la supuesta derecha, tienen muy poco de minarquistas y en cambio suelen ser los campeones de las políticas redistributivas y de los subsidios. Un paternalismo, por cierto, compartido allá por todas las ideologías nacionalistas de signo conservador, que han sido siempre las teóricas del mestizaje y del criollismo para defender el tesoro espiritual de América frente a la corrupción del hombre europeo y al grosero materialismo del norteamericano; de modo que apenas se diferencian de los guevaristas si las juzgamos por su exaltación del cacique precolombino como pater patriae, y por su ojeriza hacia los yanquis. Tampoco es cierto que la derecha sea la tendencia de las oligarquías letradas, según demuestra la abrumadora mayoría de izquierdistas entre los escritores latinoamericanos educados en Europa y en los Estados Unidos. Y si medimos por los temas de la izquierda posmo que hoy sirven en otros lados para definir la postura política –aborto, matrimonio gay–, parece que en América Latina se trata aún de cuestiones que se viven muy al margen del Estado.

La derecha es en Latinoamérica algo que existe sólo para la izquierda (porque en cambio ésta mantiene intactas sus señas de identidad, y, a diferencia de los pálidos socialistas de Europa, sigue hablando incombustiblemente en la jerga de Trotski y de Gramsci). Por supuesto, si a alguno de esos socialistas se le pide caracterizar a un militante de lo que llama la derecha, obviará los principios políticos y se limitará a hacer un retrato robot: alguien arrogante, insensible, con alma de negrero, que tiene espasmos de gozo frente al dolor de los pobres y una voracidad de riquezas sin límites. Más o menos esto último es lo que viene a significar, según ellos, eso de ser "neoliberales", que usan por cierto como sinónimo perfectamente intercambiable por "fascistas": Mussolini, como se sabe, era un gran neoliberal; y además queda establecido que ante cualquier propuesta de reducir el Estado del Bienestar hay que maliciar la intención inequívoca y calculada de producir un exterminio en masa.

De modo, pues, que no sólo resulta que es derecha todo lo que queda fuera del socialismo, sino que el término es, en realidad, una mera elipsis por extrema derecha. Por el contrario, se entiende que la izquierda es democrática por las buenas o por las malas, como demuestra el hermanamiento sin fisuras del Uruguay de Mujica o del Chile de Bachelet con la Venezuela de Maduro. Aquellas fronteras en las que uno distinguía muy bien las diferencias entre el totalitarismo cubano y un partido socialdemócrata como Acción Democrática o incluso como el PRI parecen hoy secundarias, por más que Axel Kicillof insista en hacer profesión de un keynesianismo... al estilo de La Cámpora.

Pero lo cierto es que, a pesar de la saña hitleriana y de la codicia depredadora que se les atribuye, las formaciones más alejadas del socialismo en América Latina suelen inclinarse por una política basada en la gestión y la eficiencia administrativa, sin presentar muchas más credenciales ideológicas. Como es de suponerse, este rasgo aboca naturalmente a esos partidos al ámbito municipal y descentralizado, y les reserva los progresos de la modernización urbana y de la gentrificación en reductos de aliento primermundista y con fuerte presencia de la clase media. El problema, para la imposición de esa tecnocracia proyectada al futuro y a las transformaciones que quisieran lograrse, es que la construcción política del continente se halla aún incompleta en aspectos fundamentales, sin los cuales resulta imposible el imperio de la ley y la realización de la ciudadanía. La resolución de esas cuentas pendientes no puede acometerse con los limitados recursos y los planteamientos inmediatistas de gestores locales, sino que reclama la convocatoria de las fuerzas del Estado en torno a un proyecto nacional (algo que no supo articular, por ejemplo, un Sebastián Piñera).

Como demuestra el dato de que más del 30 por ciento de los homicidios del mundo se cometen en América Latina, la seguridad y la erradicación de la violencia son seguramente los temas más perentorios para sustraer aquellos países a la condición de Estados fallidos. Álvaro Uribe no se ha avergonzado, por tanto, de llevar al primer plano un motivo capaz de renovar el sentido de la derecha con la sola fuerza de la coherencia ética: el castigo ejemplar del crimen. Chávez no tuvo empacho en decretar indulgencia plenaria para cualquier delincuente que se pusiera bajo la bandera de la revolución, proclamando la edad de oro del pistolerismo. Defender lo contrario no ha sido para Uribe tarea fácil, porque tiene que luchar con los que creen que toda autoridad es autoritaria, con el antiamericanismo nacido del eterno complejo de inferioridad hispano y con los oportunistas que quieren tener contento al chavismo mientras esperan su tajada de petrodólares. Pero el uribismo representa en Colombia una causa que haría muy bien en encontrar eco e inspiración en otras naciones del subcontinente: la del orden en justicia, que es también, y contra toda alharaca de falso buenismo, la causa de la libertad.

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