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De lo sustancial

No estoy de acuerdo con la huelga de mujeres del 8 de marzo. No puedo apoyar principios que no me representan como mujer ni como feminista, y mucho menos como persona.

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En principio estoy a favor de las huelgas, ¿cómo no iba a estarlo? En Cuba las huelgas están prohibidas, como casi todo. Allí donde quiera que se implante el castro-comunismo, lo más relevante es y será siempre la prohibición, la censura, la negativa como respuesta inicial y definitiva. ¿Quién se enfrenta a eso sin correr el riesgo de la cárcel, el fusilamiento, el destierro? A estas alturas, el que lo ignore no es más que un colaboracionista del régimen, y su deplorable cúmbila.

El único sindicato de trabajadores existente en Cuba, la CTC, fundado antes del año fatídico, 1959, se preocupa más –desde hace 59 años– de ejercer su servidumbre al castrismo que de defender los derechos de los obreros. Varios documentos y documentales atestiguan este hecho.

Entonces, reitero, apoyo el derecho de los trabajadores a las protestas sociales mediante huelgas. Ojalá esas huelgas pudieran hacerse en Cuba, aunque esa huelga de brazos caídos, de alguna manera, lleva décadas ejerciéndose y es reflejada de manera oblicua en el desgano, apatía y desidia de los ciudadanos.

Sin embargo, no estoy de acuerdo con la huelga de mujeres del 8 de marzo. No puedo apoyar principios que no me representan como mujer ni como feminista, y mucho menos como persona. Tampoco creo que sea una huelga reivindicativa de derechos, estamos ante un lamentable espectáculo provisto de odios, resentimientos y actos politizados y vengativos. No me interesa esa muestra espantosa de cretinismo y de eliminación de un supuesto adversario que ya ni siquiera es para ellas el macho, sino el capitalismo, representado exclusivamente por el hombre.

No y no. No, porque no es una huelga, es una afrenta bruta y bestial, gratuita y mezquina, exenta de intelecto, por no llamarlo sencillamente, juicio. Es un ultraje, un agravio, de esa izquierdona malcriada, que con sus millones pretende zaherir y vilipendiar, antes que acordar y solucionar. Su mayor argumento es el chillido, el arañazo, la fútil impertinencia.

Situemos lo sustancial:

Antes que feminista soy mujer. Antes que mujer soy un ser humano. A menudo antes que ser yo soy otro.

No se trata de un conflicto sexual o sexista.

Estamos frente a un estallido de la bestialidad contra la humanidad, de hostilidad al razonamiento, del sentimiento frente a la sensibilidad.

No cuenten conmigo para ninguna sublevación que aniquile a la inteligencia.

En España

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