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Zoé Valdés

Un mundo infeliz

En las colas, oh, qué espanto… Vi esos rostros, tan reconocibles para mí. Ese cansancio, esa tristeza, esa puñetera angustia que provoca el comunismo en todos.

En las colas, oh, qué espanto… Vi esos rostros, tan reconocibles para mí. Ese cansancio, esa tristeza, esa puñetera angustia que provoca el comunismo en todos.
EFE

¿Se acuerdan de aquella novela de Aldous Huxley, Brave New World o Un mundo feliz? No llegaremos, pero iremos directo al mundo infelizmente perfecto, aunque mezclado con un poco de otra gran obra, 1984 de George Orwell.

En Francia se han registrado en menos de 24 horas 300.000 casos de ómicron, variante del virus del PCCH; pero no se inquieten, que hay ya otra variante más infecciosa, aunque dicen que menos peligrosa: la IHU, localizada ya en el sur del país galo, y proviene de Camerún.

No sé ya, entre ayer y hoy, cuántos tests de antígenos me he hecho yo misma, metiéndome el palillo por la nariz hasta hacerme daño, pese a que llevo en el cuerpo tres vacunas, dos Astrazeneca y una Moderna. De la última tuve una intoxicación que si no me moría del virus me pude haber ido al reparto Bocarriba por culpa de las ronchas que no me dejaban dormir de la picazón, y que me salieron hasta en la garganta.

No soy muy de vacunas, pero comunismo oblige. El comunismo es una rueda dentada que te coge donde sea. A los rusos de La Habana los volvió a coger en 1959; igual que a los pobres chinos habaneros, que luego se fueron a Estados Unidos. Y si alguno vive todavía allá los ha cogido ahora con Biden-Harris, ancianos y con el bicho del régimen del que un montón de ellos salieron huyendo acechándoles.

No soy de vacunas, reitero, pero cómo trabajar si no en un país que hasta para sentarte en una terraza a beber un café te exigen el insólito pasaporte sanitario de los timbales. Y la gente a tragar, igual que yo, que no soy más que gente semejante al resto.

El hecho es que hoy fui a la farmacia a comprar dos cajas de tests de antígenos (no lo reembolsa la Seguridad Social), vitaminas, dolipranes, etcétera, y la cola le daba la vuelta a la manzana, en una farmacia donde cabe un regimiento de doscientas personas en el interior de un inmenso centro comercial. La segunda cola era todavía peor, la de los tests en el interior de una tienda fuera de la farmacia, con un frío que pelaba.

Los tests no sirven más que para saber que tienes el bicho. Los medicamentos, bueno, pues hasta ahora son los de una gripe muy fuerte. Y las vacunas, pues todavía estoy averiguando para qué nos las inoculan, si para jodernos más o menos. Ah, sí, para infectarnos de todos modos pero en modo leve.

En las colas, oh, qué espanto… Vi esos rostros, tan reconocibles para mí. Ese cansancio, esa tristeza, esa puñetera angustia que provoca el comunismo en todos. Miradas huecas, vidriosas en el mejor de los casos, bocas desencajadas y niños majaderos. ¿Por qué será que en el comunismo europeo maquillado de socialismo y de centrismo los niños son tan inaguantablemente malcriados?

De la farmacia fui a comprar un teléfono móvil para mi hija. El suyo anterior, chino, murió a los dos años, y eso que el vendedor le aseguró que iría a ser eterno o casi, precisamente por ser chino. Después de llenar no sé cuántas planillas y formularios porque el teléfono no era para mí sino para mi hija, lo que me recordó los cuentametuvida de Cuba en los trabajos, las escuelas y en todas partes para poder comprar un artículo de primera necesidad o de la necesidad que fuera, por fin pagué un teléfono carísimo, surcoreano, al menos eso decía en la caja; pero igual lo fabricaron los chinos. Ya no se sabe nada.

Llegué a casa harta. Con el idéntico hartazgo que me fui de mi país para siempre, pero bastante clara: todavía no hemos llegado a esa infelicidad perfecta que tanto ansían los comunistas europeos con la barriga llena de foie-gras.

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