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Competidores de Office, productividad y diversidad

El hecho de que Apple, que como comentábamos no llega a representar más allá de un escaso cinco por ciento en el mercado de máquinas, disponga ahora de una suite ofimática completa, tiene una importancia relativa sobre el sector bastante testimonial.

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Las keynotes de Steve Jobs, CEO de Apple, tienen la característica de ser capaces, incluso en pleno verano, de poner a toda una industria y a sus observadores, además de a legiones de fans, a escuchar atentamente, a pesar de tratarse de una empresa que posee poco más de un cinco por ciento del mercado de ordenadores. Probablemente a ello colabora cierto aura de estilo y creación de tendencias en esa difusa frontera entre lo estilístico y lo tecnológico, o el hecho de que se trate de una empresa "que está de vuelta": tras haber estado al borde del colapso, actualmente su participación crece a más de un 25% anual.

El caso es que, en la alocución del 7 de agosto, además de los habituales anuncios de nuevos productos, de cambios de diseño, estética y cuestiones afines que en ninguna marca serían noticia pero que en Apple, misteriosamente, sí lo son, tuvo lugar otra novedad que me parece de un calado sensiblemente mayor: la compleción de la suite ofimática de Apple, iWork, con una hoja de cálculo, Numbers, y su posicionamiento como alternativa en el mercado de las herramientas de productividad personal, en el que vivimos, desde hace muchísimos años, un absoluto monocultivo de una sola herramienta, el Office de Microsoft, que goza de cuotas de mercado superiores al 90%.

Mi experiencia con la suite de Apple, a falta de probar la hoja de cálculo, ha sido impresionantemente satisfactoria. Pages es un proceso de textos verdaderamente bueno y que ofrece prestaciones de notable sofisticación con un esfuerzo mínimo, mientras que Keynote es, sin ningún género de dudas, el mejor programa de presentaciones existente en el mercado. Desde el momento en que empecé a morder la manzana, tomé la decisión de que, ya que me cambiaba, me iba a cambiar de verdad, y renuncié tanto a instalar el Office de Microsoft, uno de los programas más vendidos en el mundo Mac, como a correr un Windows virtualizado, uno de los argumentos que la marca ha empleado para terminar de convencer a muchos de los llamados switchers: "mis ordenadores son más bonitos, duran más, tienen menos cables, funcionan muy bien... y además, si todo eso no te llega, pueden correr Windows como si fueran un vulgar PC". Una estrategia de reducción del riesgo percibido, del miedo al cambio a un nuevo entorno, que ha redundado en crecimientos muy elevados para la marca.

El hecho de que Apple, que como comentábamos no llega a representar más allá de un escaso cinco por ciento en el mercado de máquinas, disponga ahora de una suite ofimática completa, tiene una importancia relativa sobre el sector bastante testimonial. Sin embargo, conviene ubicar al nuevo competidor convenientemente: sobre una base de máquinas en crecimiento, la suite de Apple se posiciona como un conjunto de herramientas de uso agradabilísimo, de prestaciones –y sobre todo, de fama– más sofisticadas y vistosas que su competencia sobre todo en aspectos gráficos, de maquetación y de diseño, y con un precio total de $80 frente a los $300 del producto de Microsoft. Y en la presentación, Jobs ha seguido la misma estrategia de reducción del riesgo percibido que tan buen resultado le está dando: se ha hartado de asegurar la completa compatibilidad con los formatos de su competidor principal, algo que yo, que llevo ya meses utilizándola, he podido comprobar perfectamente: en mis intercambios de archivos de todo tipo con colaboradores y colegas, no me ha surgido en todo este tiempo ni la más mínima incidencia.

En el mismo mercado de las suites de productividad personal, otro competidor por el momento también minoritario experimenta crecimientos interesantes y, sobre todo, los promete mucho mayores, asociando su crecimiento a la cada vez mayor apuesta de fabricantes de máquinas como Dell, Acer, Lenovo y próximamente HP por ofrecer al mercado ordenadores con Linux preinstalado: la suite OpenOffice viene incluida en todas esas máquinas y, además de ser gratuita y no desmerecer en absoluto en la comparación con el Office de Microsoft, ofrece una cuestión curiosa: además de trabajar con un formato aprobado como estándar ISO, resulta curiosamente más sencillo para un usuario en transición desde la versión anterior de Office pasarse a OpenOffice, que intentar usar Office 2007, en la que los cambios de interfaz y metodología provocan cierta confusión.

Finalmente, es preciso tener en cuenta otra tendencia: el trasvase de muchas funciones de productividad personal –textos, hojas de cálculo y presentaciones– a productos de prestaciones completamente básicas, pero que residen en la red, son utilizados a través de la ventana de un navegador, y permiten mejor que ninguno el desarrollo de trabajo en grupo y la colaboración. La oferta de empresas como Google o ThinkFree no pretende, por el momento, sustituir a las suites convencionales, pero resulta evidente que la tendencia es, cada vez más, a conquistar una cuota creciente de tiempo de uso que podría llegar a tener una notable importancia a la hora de definir tendencias y formas de uso de este tipo de productos.

Indudablemente, el mercado de las suites ofimáticas tiene un líder sólido, y éste lo seguirá siendo por mucho tiempo. Pero ahora, al menos, veremos algunas alternativas dignas de ser evaluadas, y que posiblemente se conviertan en una opción interesante para personas o empresas interesadas en, por la razón que sea, no formar parte de un monocultivo. En el mundo de las suites de productividad personal, una de las "necesidades básicas" de prácticamente todo usuario, es posible que empiece a esbozarse una cierta y, sin duda, sana competencia.

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