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Popper, Russell, Wittgenstein y un atizador
Recientemente se ha publicado, también en España, un libro que repasa la vida intelectual de Viena y Cambridge.Alicia Delibes

David Edmonds y John Eidinow, que trabajan juntos desde hace años en la BBC como productores y presentadores de BBC World Service, han escrito recientemente un libro Wittgenstein’s Poker:The story of a ten-minute argument between two great philosophers (Londres, Faber and Faber, 2001) que acaba de ser publicado en España por Península /Atalaya con el título El atizador de Wittgenstein. Una jugada incompleta. En él aprovechan un incidente, ocurrido en Cambridge el 25 de octubre de 1946, para hacer un ameno y breve recorrido no sólo por la vida y obra de sus protagonistas, Bertrand Russell, Ludwig Wittgenstein y Karl Popper, sino también por la vida intelectual de Viena y Cambridge durante la primera mitad del siglo XX.

Era entonces costumbre en Cambridge que el grupo de profesores y estudiantes que constituía la llamada Sociedad de Ciencia Moral, presidida por Ludwig Wittgenstein, se reuniera de cuando en cuando en torno a algún invitado especial para debatir sobre determinados asuntos filosóficos. Aquella tarde del 25 de octubre los miembros de la sociedad fueron convocados al debate que, bajo el título ¿Existen los problemas filosóficos, debían abrir el profesor invitado Karl Popper y el organizador de la reunión Bertrand Russell.

Los dos escritores británicos autores de este libro comienzan su relato citando la versión que el propio Popper dio en Unded quest: An intellectual autobiography, publicada en 1974 y traducida al español como Búsqueda sin término. Una autobiografía intelectual (Tecnos 1985). Según Popper, "Wittgenstein había estado jugueteando nerviosamente con el atizador de la chimenea que utilizaba como la batuta de un director de orquesta, para subrayar lo que decía y cuando se planteó la cuestión del estatuto de la ética, Wittgenstein le desafió a que pusiera un ejemplo de norma moral. Yo repliqué: No amenazar a los conferenciantes invitados con un atizador. Ante lo cual Wittgenstein, en un ataque de ira, arrojó el atizador y abandonó violentamente la sala dando un portazo".

Pero lo que de verdad ocurrió en aquella reunión no se ha contado siempre de la misma forma. La discusión se centró sobre la existencia de problemas filosóficos. El público asistente, en un momento dado, vio que Wittgenstein discutía acaloradamente con el atizador de la chimenea en sus manos y que bruscamente lo soltaba y abandonaba de un portazo la sala. Según algunos, nada de lo que hizo Wittgenstein aquella tarde se salía de su comportamiento habitual mientras que otros consideraron que el admirado austriaco quedó completamente derrotado por su compatriota.

Los autores del libro no pretenden hacer una investigación a fondo de un incidente cuya importancia es más simbólica que real. El verdadero interés del suceso del atizador está en los tres personajes que en él intervinieron, la situación personal tan diferente que cada uno vivía, y el hecho de que, poco después de terminar la guerra, dos judíos vieneses y un filósofo británico representantes de tres generaciones distintas se dieran cita para discutir sobre los problemas de la filosofía.

En 1946, hacía sólo dos años que Russell había vuelto de Estados Unidos, tenía 74 años, estaba casado por tercera vez con Peter Spence, acababa de publicar su Historia de la filosofía occidental, uno de los libros que más ganancias le había proporcionado, y, al recuperar su puesto en el Trinity College de Cambridge, se había encontrado a su antiguo discípulo Ludwig Wittgenstein convertido en un personaje mítico dentro de aquella exquisita sociedad intelectual.

Por su parte, Ludwig Wittgenstein no atravesaba uno de los mejores momentos de su vida. Tenía ya 57 años, no conseguía poner fin a sus Investigaciones filosóficas, una obra con la que pretendía refutar ciertas ideas de su Tractatus. Estaba ya harto de Cambridge y a punto de presentar la renuncia a su cátedra en la Universidad: "Todo lo que hay en este lugar me repele. La rigidez, la artificialidad, la suficiencia de la gente. El ambiente universitario me da náuseas". Y además, por si todo esto fuera poco, vivía obsesionado por un estudiante de medicina, Ben Richards, 25 años más joven que él y del que se sentía profundamente enamorado.

El invitado al debate, Karl Popper, tenía 44 años y desde hacía un año era profesor en la London School of Economics. Su famosa obra La sociedad abierta había visto la luz en noviembre de 1945, después de haberle dedicado muchas horas de trabajo en su solitario puesto de profesor en Nueva Zelanda: "Reescribí el libro 22 veces, tratando siempre de que fuera más claro y más sencillo y mi esposa mecanografió y volvió a mecanografiar el original completo cinco veces en una vieja máquina de escribir".

Russell había sido el organizado de la reunión. Acababa de leer La sociedad abierta y, si tenemos en cuenta que en aquellos años era ferozmente antisoviético, podemos creer a quienes afirman que la obra de Popper le había encantado. Como por otra parte tenía ganas de poner en apuros a Wittgenstein, su antiguo discípulo y usurpador de gran parte del prestigio del que antes gozara el aristócrata británico como filósofo en Cambridge, decidió enfrentar a los dos vieneses seguro de que el entusiasmo de un floreciente Popper arrollaría al cada día más autista y cansado Wittgenstein.

Los dos autores británicos del libro, que pretenden ser comentaristas imparciales de la contienda, inspiran en el lector la impresión de que el conde Russell quedó "como un marqués", de que Wittgenstein salió humillado y de que el gran triunfador de la tarde fue Karl Popper. Sobre la personalidad del ganador recae fundamentalmente la atención de Edmonds y Eidinow. Lo presentan como un hombre poco agraciado, bondadoso, irascible, terriblemente trabajador, independiente y solitario, con una infancia triste, muy enamorado de una mujer depresiva y poco cariñosa y, sobre todo, obsesionado durante toda su vida con un Wittgenstein rico, carismático, triunfador y al que culpaba no sólo de las malas relaciones que había tenido con los miembros del Círculo de Viena sino también del fracaso en sus reiterados intentos de conseguir una plaza como profesor de Filosofía en la Universidad de Cambridge.

Parece un tanto aventurado creer, como aseguran los dos periodistas de la BBC, que Popper acudió a aquel debate del 25 de octubre dispuesto a resarcirse de los daños morales infligidos por su compatriota, que con esa idea dirigió toda la discusión y que el brusco abandono de Wittgenstein le convirtió en claro triunfador. Sería más lógico pensar que Popper, si bien en un principio había querido enfrentarse a Wittgenstein, al enzarzarse en la discusión enseguida se dio cuenta de lo poco que a éste le interesaba el asunto y del excesivo interés que ponía Russell en demostrar a todo el mundo que sus simpatías no estaban ya con el que había sido su brillante discípulo. Decidió olvidar el incidente y cuando muchos años después volvió sobre él para incluirlo en su autobiografía adornó a su gusto el relato de lo sucedido.

Los dos autores británicos analizan, al final de su relato, la importancia que ahora, pasado más de medio siglo, tienen los protagonistas de aquel encuentro. Consideran que, mientras Wittgenstein sigue teniendo una trascendencia enorme para los filósofos del siglo XX, sólo aventajada por Aristóteles, Platón, Kant y Nietzsche, Popper está a punto de caer en el olvido. Afirman que en Gran Bretaña y Estados Unidos las ideas de La sociedad abierta se han convertido en lugares comunes y carecen de toda originalidad:

"Los ataques contra los dogmas y el determinismo histórico, el acento en la tolerancia y la humildad no se ponen hoy en día en cuestión, por lo que quedan fuera de cualquier discusión. Si un resurgimiento del comunismo, del fascismo, del nacionalismo agresivo o del fundamentalismo religioso amenazara una vez más el orden internacional basado en una sociedad abierta, entonces habría que volver a las obras de Popper y sus argumentos deberían ser estudiados de nuevo. Como él mismo subrayó, al futuro no se llega sobre raíles colocados en el pasado".


Unas palabras que fueron escritas poco antes de que el terrorismo islámico declarara la guerra a nuestra civilización occidental. Habría que preguntarse si Edmonds y Eidinow , tras los atentados del pasado 11 de septiembre, consideran que la obra de Popper ha cobrado actualidad y si no creen que, dada la actual situación internacional, se debería recomendar el estudio de los argumentos popperianos esgrimidos hace casi 60 años en La sociedad abierta.